lunes, 29 de noviembre de 2010

Homosexualidad y crianza. Más allá de los prejuicios.

"Los nuevos tiempos nos invitan a ver cómo cada vez hay un mayor número de parejas homosexuales que practican el derecho, inalienable para cualquier ser humano, con conciencia y dignidad de serlo, de formar una familia y, consecuentemente, de criar hijos.

Los y las hay que deciden adoptar y quienes tenían ya niños de un anterior matrimonio homosexual que acabó en divorcio. Hay quien elige la posibilidad de acudir a la inseminación artificial. Los padres o las madres pueden ser solteros/as o haber optado por una pareja del mismo sexo o de diferente.
El tema de la custodia puede representar situaciones problemáticas en esta circunstancia, ya que hay padres y madres que la han perdido precisamente por declararse homosexuales, independientemente de ser mejores o peores que sus anteriores parejas heterosexuales. El prejuicio en estos casos puede ser, lamentablemente, determinante de los hechos.

Generalmente, siempre que se trata esta cuestión se hace desde posturas ideológicamente comprometidas, aunque se declare, con la boca pequeña, el intento de objetividad. Yo lo voy a hacer procurando aspirar al principio de la libertad y la dignidad de todos los seres humanos.

Lo que más suscita controversias es el tema de la crianza, de la orientación de la personalidad y de la sexualidad de los hijos.

Si pensamos que la homosexualidad paterna o materna va necesariamente a condicionar la orientación de los hijos, partiendo del mismo argumento tendría que haber sido imposible que aparecieran hijos homosexuales de un matrimonio heterosexual.

Lo cierto es que se han descubierto pocas diferencias, ninguna significativa, entre niños que han sido criados por madres lesbianas y padres homosexuales, y los que se desarrollan en el seno de una familia heterosexual. En ambas circunstancias es posible ayudar a desarrollar su dignidad y asegurar un ambiente familiar armónico y estable. Y desde luego, los niños que crecen en familias homosexuales no tienen ningún tipo de problemas para tener una orientación heterosexual, si esa es su tendencia de base, apego familiar y social o una relación emocional estable en el seno de un hogar socialmente armónico.

No parece haber ningún problema en que estas personas, que han sido consecuentes con su opción afectiva, puedan ofrecer un clima familiar favorable, en el que los niños tengan la posibilidad de experimentar una imagen positiva de sí mismos y de su entorno. Niños que son perfectamente aceptados por otros en el grupo escolar, y con los que mantienen relaciones sanas de intercambio con sus iguales.

Y si hay prejuicios, rechazo o impulsos agresivos aislados de algún compañero contra ellos, hay que decir que se trata de actitudes que claramente son condicionadas por unos adultos que tratan de superar su propio complejo de inferioridad odiando todo aquello a lo que irracionalmente temen*.

Los problemas de adaptación o de salud mental de los niños y de los adolescentes nada tienen que ver con la afectividad o la sexualidad de los padres o de las madres, tienen otras causas y motivos desdichados que por desgracia abundan más que las nuevas opciones de relación y crianza".

Aunque he modificado alguna cosa, la fuente es: http://educarbiencontomastripero.blogspot.com/; blog creado por Tomás de Andrés Tripero, profesor perteneciente al departemento de Psicología del Desarrollo y de la Educación, en la Universidad Complutense de Madrid.

*Según un estudio de llevado a cabo por la Universidad de Ohio, en el que los investigadores pidieron a 13000 adolescentes que eligiesen a cinco chicos o chicas como amigos o amigas, en éstos/as no influye ni el número de hermanos, ni el tipo (adoptivos, hermanastros...), ni otros factores como la edad de los padres, el sexo, la raza o el estatus socioeconómico, en el nivel de popularidad.

Así pues, como fantásticamente se dice en el artículo de Tomás de Andrés Tripero, el rechazo por parte de niños/as y adolescentes/as hacia compañeros/as con padres o madres homosexuales, se debe más bien a causa de una pésima actitud por parte de sus progenitores (o de influencias sociales), que de los propios adolescentes.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Enseñe a leer y a calcular a su bebé.

Sí, el título que ha leído no está equivocado; puede enseñar a calcular y a leer (entre otras cosas) a su bebé.

Enseñar a leer a un niño o a una niña por el método tradicional (se enseñan las letras, cuál es el sonido del fonema al juntar las letras, etc), antes de los 3-4 años es un error pedagógico muy grave, pues puede ocasionar trastornos como la dislexia (para saber qué es la dislexia, pulse este link http://fedis.org/wordpress/?page_id=13), ya que se fuerza al niño o la niña a realizar una actividad para la cual no está lo suficientemente maduro/a.

 No obstante, existe un método revolucionario de mejora de la inteligencia denominado "Programa Doman", o "Proyecto Filadelfia", desarrollado por el médico estadounidense Glenn Doman , mediante el cual puede enseñarse a leer (entre otras cosas, como potenciar la inteligencia y enseñar a calcular) a los niños y las niñas sin que puedan llegar a padecer algún tipo de psicopatología.

Este programa está basado en la presentación de Bits (unidades de información que pueden presentarse en cartulinas), que deben reunir los siguientes requisitos:

- Deben ser precisos gráficamente.
- Deben estar libres de elementos distractores.
- Deben tener un tamaño y una presentación específica (las letras deben estar escritas en minúsculas y en color rojo, por ser un color llamativo. Es recomendable que entre el lateral de la cartulina y el inicio de la palabra ha de haber una separación de 2 centímetros, y la anchura debe ser de 8 centímetros).

Aquí expongo una imagen para que quede claro en qué consisten los Bits: 

(Bit para la enseñanza de lectura).

(Bit para la enseñanza de matemáticas).

Los métodos de lectura basados en el Programa Doman llevan casi cincuenta años aplicándose en numerosos países y en varios idiomas, obteniéndose unos resultados formidables incluso en niños/as con deficiencias graves.

El Proyecto Filadelfia contiene:

- Programas de Estimulación.
- Programas de Inteligencia.
- Programas Educativos.
- Programas Básicos de Lectura.
- Programas Básicos de Cálculo.
- Programas Específicos, orientados a niños y niñas con Necesidades Educativas Especiales (N.E.E.)

Estos programas están orientados a niños y niñas de entre 3-4 meses hasta los 2 años. Para su aplicación deben realizarse, al inicio, 3 sesiones diarias (que no deben durar más de 3 minutos) en las cuales se mostrarán, siempre en el mismo orden, un máximo de 5 palabras (es preferible que estas palabras sean familiares al niño o la niña, como papá, mamá, hermano/a...). Con el transcurso de las semanas, podrán incorporarse nuevas palabras (de diversos temas: geografía, nombres propios y comunes, música...), y comenzará a variarse el orden a fin de asegurarnos que el/la niño/a aprende realmente las palabras, y no de memoria exclusivamente.

Este Programa para la Mejora de la Inteligencia, busca los siguientes objetivos:

-Despertar el interés del niño o la niña, ya que éste/a es muy curioso/a, le gusta explorar, aprender, y podemos aprovecharlo.
-Hasta los 4-5 años, aproximadamente, el potencial del cerebro se desarrolla muy rápidamente. Las neuronas comienzan ha realizar sus sinápsis, y es la etapa en la cual podemos adquirir conocimientos y habilidades con mayor facilidad y rapidez. A través de estos programas podemos no sólo aprovechar esta alta capacidad de aprendizaje, sino que también podemos ayudar a crear conexiones neuronales, y así potenciar y aumentar su Cociente Intelectual.
-Ampliar "la base de datos" del cerebro (vocabulario, conocimientos...), a través de un aumento de la estimulación temprana, y la mejora de la memoria.
-Favorecer el aprendizaje de la lectura; lo cual permitirá una mejor comprensión de lo que se lee (que es uno de los problemas principales en el fracaso escolar).
-Reducir el posible número de faltas de ortografía que podrían cometerse de no haber aprendido con este método, dado que el niño o la niña se halla familiarizado/a con las palabras y las conoce.

Cuando el niño o la niña alcance la madurez adecuada para el aprendizaje de la lectura, ya sabrá leer las palabras. No conocerá el porqué, pero sí sabrá leer. Este momento será el adecuado para enseñar las letras y cómo se lee; y el niño o la niña, al conocer las palabras, no leerá lenta y dificultosamente, sino que ya sabrá leer bien, y el aprendizaje será mejor y más rápido, ahorrando tiempo para permitir otras enseñanzas.

Tal vez estén preguntándose "¿cómo es posible que un bebé aprenda a leer o a sumar?". La explicación es sencilla:

Si las personas más mayores hablasen en susurros, los niños y las niñas podrían tardar hasta los 6 años en aprender a hablar. Y esto es lo que ocurre con la lectura: hablamos en susurros. Cojan un libro y obsérvenlo detalladamente (o fíjense en estas palabras que están leyendo ahora mismo): las letras son pequeñas, están juntas y escritas con un color oscuro.

Los/as bebés aún no han desarrollado su sistema visual lo suficiente como para poder discernir estas letras. Sin embargo, si ampliamos las palabras y les damos un color llamativo, ya no son un "susurro" para los/as bebés, sino que se convierte en un estímulo que pueden captar y que cobra significado.

Educación .......... Educación

Dicho lo dicho, aquí les paso el link de dos vídeos de niñas leyendo a una edad comprendida entre los 9 meses, y el año y medio. Espero que los disfruten.




Para completar esta información pueden recurrir a los siguientes libros:

-Cómo enseñar a leer a su bebé. Glenn Doman.
-Cómo enseñar matemáticas a su bebé. Glenn Doman.
-Cómo multiplicar la inteligencia de su bebé. Glenn Doman.

martes, 23 de noviembre de 2010

El elefante encadenado (Cuento sobre la indefensión aprendida).

Consultando un manual de Psicopedagogía, encontré un artículo en el que se decía lo siguiente:

“En un estudio, a un grupo de estudiantes se les planteó una serie de problemas de  “control de ruido”. Se les hizo creer que, apretando un botón, en cierta forma podrían detener un ruido perturbador que aparecía regularmente. Para la mitad de los estudiantes, el presionar el botón cuatro veces producía realmente el efecto de parar el ruido; pero los demás, por mucho que apretasen, nunca obtenían el resultado deseado. Más tarde, a todos ellos se les proporcionó una serie de anagramas, o conjuntos de letras, que formaban palabras si se descifraban correctamente. Los estudiantes a los que se les había planteado el problema de ruido que tenían solución resolvieron muchos más anagramas y con mayor rapidez que los del otro grupo. Estudios posteriores realzados también con estudiantes dieron resultados similares: los que habían aprendido la indefensión en una tarea inicial actuaban mucho peor en una segunda tarea” (Hiroto y Seligman, 1975).

En conclusión: La indefensión aprendida (condición psicológica en la que un sujeto aprende a creer que está indefenso, que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga es inútil), no sólo puede acarrear efectos negativos ante un contexto determinado, sino que también, en un futuro, en otro distinto.

Tras leer este estudio, recordé el siguiente cuento, el cual, espero que les ayude a afrontar o a enseñar a afrontar la indefensión, ya que ésta, con un tratamiento o una educación adecuada, puede superarse:

Habíase una vez un niño muy curioso al cual le entusiasmaban los elefantes.
Sabiendo esto, un día su padre le llevó al circo para que pudiese ver a su animal favorito de cerca, e incluso, si era posible, acariciarlo.

¡Qué contento se puso Juan (que así se llamaba el niño) al escuchar la noticia! Juan tenía muchas películas y muchos documentales sobre de elefantes. Pero… ¿tocar a un elefante? ¡No podía creérselo!

<<¡Qué emoción!>>, pensó el niño.

Al llegar al circo, Juan y su padre vieron animales de todo tipo, y a gente que hacía unas cosas fascinantes, como manejar un monociclo sobre una cuerda o tragar bolas incandescentes. Tuvieron que esperar un largo rato hasta que llegó la actuación que Juan más esperaba: la actuación de los elefantes.

Y la verdad es que ésta fue la actuación más impresionante que se había realizado aquel día en el circo… pero, más que fascinado, Juan llegó a su casa pensativo. Había algo extraño en aquella actuación… y decidió consultarle a su padre la duda que tenía, para ver si éste podía aclarársela:

-Papá, ¿te puedo hacer una pregunta? –dijo Juan.
-Sí, Juan, dime.
-Si los elefantes son tan grandes y tan fuertes que pueden incluso romper árboles, ¿por qué no se liberan de las cadenas que les ponen en el circo? ¿Son unas cadenas más fuertes que ellos, o es que mienten las personas que hacen los documentales y las películas?

El padre de Juan sonrió.

-No, hijo; lo que ocurre es que, cuando los elefantes son muy pequeños, les ponen unas cadenas que no pueden romper. Ellos tiran y tiran, pero como apenas tienen fuerza porque todavía son pequeños, no logran arrancarlas. Más tarde, cuando crecen un poco y pueden destrozar las cadenas, se las cambian por otras algo más fuertes. El pobre elefante vuelve a hacer fuerza para intentar librarse de ellas; pero, como continúa siendo demasiado débil, vuelve a fracasar en su intento. Así, día tras día, intento tras intento, el elefante no logra romper las cadenas y ve mermadas sus fuerzas. Y, a medida que crece, siguen cambiándole las cadenas por otras hechas a la medida de su pata. De este modo, el elefante, cuando se hace mayor, deja de intentar arrancar las cadenas porque recuerda todas las veces anteriores que había fracasado en sus intentos, cuando en realidad ahora es cuando sí puede romperlas debido a gran fuerza.

Fuente: Déjame que te cuente los cuentos que me enseñaron a vivir, de Jorge Bucay (no está transcrito tal cual viene en el libro, pues lo he escrito de memoria).

=> A los seres humanos en ocasiones nos ocurre esto mismo que le sucede al elefante: una vez intentamos llevar a cabo algo que siempre deseamos hacer, pero, debido al fracaso, acabamos por perder la ilusión y cedemos ante nuestro objetivo; olvidando que siempre podemos aprender, que siempre podemos mejorar, que a medida que transcurre el tiempo podemos “hacernos más grandes y fuertes… y romper las cadenas”.

Si aprendemos de nuestros errores, si insistimos, si nos armamos de valor y tratamos de mejorar nuestra autoestima con un “puedo hacerlo”, pienso, lograremos desempeñar muchas más cosas de las que nos creíamos capaces.

Porque… vencido/a no es quien se cae, sino quien no se levanta.

jueves, 18 de noviembre de 2010

20 de Noviembre: Día Universal de la Infancia.

Hoy, día 20 de noviembre, se celebra en todo el mundo el Día Universal de la Infancia y el XVII aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada en 1989.


 Ratificada por 192 países, la Convención sobre los Derechos del Niño supuso un hito, pues desde su aprobación la infancia es considerada, no como objeto de protección, sino como sujeto de pleno derecho. Un enfoque de desarrollo basado en los derechos de la infancia contribuye a que se produzcan las transformaciones sociales, económicas y jurídicas necesarias para hacer del mundo un lugar más justo y habitable.

No obstante, la Convención sobre los Derechos del Niño sigue siendo un documento insuficientemente conocido y los derechos que recoge aún distan mucho de convertirse en realidad en numerosos rincones del planeta. 
Días como el 20 de noviembre sirven para recordar que los derechos de la infancia están ratificados pero no garantizados.

Desgraciadamente se siguen violando diariamente los derechos de millones de niños y niñas en todos los países del mundo, y son muchos los retos que quedan hoy día.

Por este motivo, a fin de concienciar y sensibilizar ante estos fatídicos hechos, y de dar a conocer que los niños y las niñas no sólo tienen una serie de obligaciones, sino que también disponen de una serie de derechos que nosotros/as hemos de respetar (pues ellos/as también son seres humanos que merecen respeto y comprensión), quiero  traer a la nuestra memoria este día tan importante.

 Con esta declaración se reconoce por primera vez la ciudadanía de niños y niñas, y se tienen en cuenta los siguientes aspectos fundamentales:

-Derecho a ser protegido (frente al abandono, los malos tratos, la explotación...)
-Derecho a acceder a beneficios y servicios (educación, atención sanitaria, seguridad social...)
-Derecho a realizar ciertas actividades y participar en ellas.

Los Derechos del Niño vienen enumerados en la siguiente Declaración:

-Derecho a la igualdad.
-Derecho a la protección
-Derecho a la identidad y la nacionalidad.
-Derecho a tener una casa, alimentos y atención.
-Derecho a la atención al disminuido. 
-Derecho al amor de los padres y la sociedad.
-Derecho a la educación gratuita y a jugar.
-Derecho a la pertenencia en una familia y en la sociedad.
-Derecho a la educación gratuita y a jugar.
-Derecho a recibir ayuda.
-Derecho a ser protegido contra el abandono y la explotación.
-Derecho a crecer en solidaridad, comprensión y justicia entre los pueblos.

 Por el amor de nuestros alumnos y nuestras alumnas (porque un/a maestro/a que no ama a sus educandos como si de un/a padre/madre se tratase, no sé qué clase educador o educadora será).

Por el amor de nuestros hijos e hijas.

Y por su cuidado, su protección, su salud y su educación... protejamos a los niños y las niñas, y respetemos sus derechos. 

Porque al igual que usted, estimado/a lector/a, también merecen vivir... honradamente.


viernes, 12 de noviembre de 2010

Ser padre o madre.

"Ser padre o madre puede formar parte, o no, del proyecto personal. Es opcional. Sin embargo, si optamos por ser padres, tendremos en cuenta que el proyecto de paternidad-maternidad forma parte de un proyecto más amplio: el personal; y por lo tanto:

-Los padres no deben centrar su proyecto de vida en los hijos. Éstos son importantísimos, pero no son lo único, ni tienen por qué ser lo prioritario en la vida del ser humano. Los padres no deberían vivir tan sólo en función de sus hijos.
-Los hijos no deben monopolizar el proyecto de vida de sus padres. Tienen que aprender a realizar su propio proyecto de vida. Necesitan independizarse de sus padres y renunciar a proyectos impuestos por ellos.

Cada vez son más frecuentes las familias con un solo hijo. La sociedad recrimina a los padres su egoísmo por dejar que su hijo sea <<hijo único>>. Se dice que un hijo único crece caprichoso, egoísta, tirano; que no aprende a compartir. Se considera que el hijo único crece sin nadie con quien jugar, que siempre está solo. Ni lo ni lo otro tiene por qué ser cierto. Si no le damos todos los caprichos, nuestro hijo aprenderá a no ser caprichoso. Si le ponemos límites, no será un tirano. Si le llevamos a lugares donde pueda jugar con otros niños de su edad, no estará siempre solo. Cada niño necesita jugar con niños de su edad tanto si es hijo único como si tiene hermanos. Un hermano o una hermana pueden ser, además, un amigo o una amiga, pero no tiene por qué darse esta circunstancia. Lo normal es que sean, simplemente, lo que en realidad son: hermanos. Hermanos que comparten, con más o menos intensidad, su vida.

La tarea de ser padres y madres consiste en ayudar a los hijos a ir adquiriendo, a lo largo de las diferentes etapas de la vida, la autonomía necesaria para realizar su propio proyecto. Se trata de ayudarles a crecer; a pasar de una etapa a otra desprendiéndose de todo aquello que les ate, y aceptando todo lo que les libere. Los hijos tendrán que aprender a independizarse, paulatinamente, de su padres, hasta llegar a ser capaces de vivir sin ellos. Y los padres tendrán que aprender a desprenderse de sus hijos.

Cuando oímos la frase: <<Estos padres se desviven por sus hijos>>, tenemos la sensación de que se están refiriendo a unos padres excelentes. Sin embargo, desvivirse no ayuda a los hijos. Los hijos necesitan alguien lleno de vida que les enseñe a vivir; no alguien que renuncie a su propia vida por sus hijos, y que les pase factura por haber dejado de vivir. Los padres que se desviven transmiten a sus hijos: <<Yo no pude realizar mi propio proyecto de vida por ti, ahora te toca a ti prescindir del tuyo por mí>>. Y los hijos asumen su papel: <<Mis padres se sacrificaron por mí, ahora me toca a mí sacrificarme por ellos>>.

Basar la vida en la renuncia y el sacrificio convierte al ser humano en un ser negativo y frustrado. Un ser que se queja constantemente, que culpabiliza: <<Hice esto y aquello por ti y ahora me lo pagas así, ¡qué ingrato!, no me llamas, no vienes, cómo te has vuelto, con lo cariñoso que eras...>>. Son los padres que siempre demandan; que no piensan en la necesidad que tienen los hijos de realizar su propio proyecto, en su propia casa, viviendo con otros. En muchas ocasiones, los hijos se sienten obligados a dedicar todo el tiempo posible a sus padres, dejan de realizar su vida, sus proyectos, renuncian a disfrutar con sus amigos,  y hasta con su pareja y sus hijos, por ocuparse de sus padres. Si no renuncian a su vida para desvivirse por sus padres se sienten culpables.

No hay que desvivirse por los hijos. Hay que vivir con ellos hasta que puedan vivir sin nosotros. Hay que enseñarles, precisamente, a vivir sin nosotros, siendo ellos.

Actualmente, se acusa a los hijos de abandonar a sus padres cuando éstos son mayores. También se acusa a los padres de no ocuparse de sus hijos cuando son pequeños, dejándoles en manos de otros mientras ellos trabajan. Lo que ocurre es que, desconociendo la importancia trascendental que tiene la realización de los propios proyectos personales de cada uno de los miembros de la familia, la sociedad señala como único proyecto importante el paterno/materno-filial. La sociedad ve con buenos ojos que padres he hijos permanezcan atados unos a otros; en lugar de contribuir a que cada uno realice su propio proyecto. Si lo realizan, padres e hijos permanecerán siempre unidos a través del afecto, pero no atados.

No somos malos padres o malas madres por trabajar fuera de casa o por salir con amigos, o con nuestra pareja, sin los hijos. Sí lo somos cuando impedimos el desarrollo del proyecto de vida que debe realizar nuestro hijo; cuando dejamos de realizar el proyecto para ser únicamente padres o madres. No ayudamos a los niños haciéndoles sentir que hemos dejado todo por ellos, o que ellos son lo único importante en nuestra vida. Así aprenden a depender de nosotros, obligándoles, a su vez, a considerarnos los seres más importantes para ellos. Les creamos dependencia emocional. No hemos sido diseñados para depender. Nuestro camino por la vida debería ser un camino hacia una independencia cada vez más completa, tanto para los padres como para los hijos. Nuestros proyectos de vida son diferentes.

Por lo tanto, deberíamos ayudar a nuestros hijos a ser cada vez más independientes, hasta que puedan prescindir de nosotros. Nosotros mismos caminamos hacia una independencia cada vez más completa, y no deberíamos caer en la dependencia de nuestros hijos".

Fuente: Educar a niños y niñas de 0 a 6 años. Maite Vallet.

Notas importantes:

-La autora, al afirmar que "no debemos desvivirnos por los hijos", no se refiere a que hay que dejar a los hijos a un lado y no cuidar de ellos; todo lo contrario: si ha escrito el libro para educar a los hijos, es justamente para eso: para criarlos, enseñarles, cuidarlos y educarlos. A lo que insta la autora no es a tratar al hijo agresivamente y forzándole a "desprenderse". La autora insta a cuidarlos y educarlos, pero en tendencia hacia la autonomía y la liberación; es decir: sin atar ni sobreproteger.
En cuanto a la oración "se acusa a los hijos de abandonar a sus padres", no alude a que, cuando los padres están enfermos, no se les atienda, o se marchen los hijos y no aparezcan jamás. De lo que habla es de la independencia y la emancipación. Muchos padres y muchas madres, cuando el hijo o la hija se va de casa, llaman por teléfono constantemente, o aparecen por su nuevo hogar cuatro veces por semana, o les pide que vayan a comer a casa o que les lleven la ropa para lavarla, tratándolos aún cual niño/a pequeño/a. A lo que verdaderamente insta la autora es a que los padres y las madres acepten la emancipación de su hijo/a, y que si éste/a reduce en gran medida el número de apariciones por casa, los padres no se alarmen o comiencen a echarles en cara que son unos malos hijos por no permanecer atados a ellos.

-Realizar su proyecto vital es importante y positivo (siempre y cuando no coarte la libertad o destruya la vida de las demás personas).

-Si aparte de ser padre o madre, desea salir con amigos/as, leer y/o escribir, etc, ánimo y adelante. Para poder transmitir algo positivo a aquellos seres que se hallan a su alrededor, primero ha de transmitirse positivismo a sí mismo/a. No obstante, nunca olvide que ser padre/madre es algo serio, y debe ser responsable. Sí, puede desempeñar su proyecto personal, pero también hay que criar, cuidar, enseñar y educar a los/as hijos/as.

-Si no desea tener hijo/a no ocurre nada malo. No es egoísta ni un monstruo. Usted es totalmente libre de decidir serlo o no serlo.

-Si su proyecto de vida consiste única y exclusivamente en ser madre o padre, no veo ningún problema. Ahora bien, hágalo teniendo en cuenta que el desarrollo de todo niño y toda niña debe ser en tendencia a la libertad y la independencia. No le obligue a su hijo/a a tomar como único proyecto vital el ser hijo/a. Su hijo/a, tanto como su pareja, no debe esperar de usted que "muera por él/ella", sino que viva para que ambos estén juntos.

-La mejor manera de no ser egoísta es dejando a las demás personas ser egoístas. Si usted le dice a su hijo/a <<no debes ser egoísta, yo también existo: abandona tu proyecto personal por mí; tienes que hacer las cosas por y para mí>>, con ello está siendo egoísta usted mismo/a, pues quiere que su hijo no lo sea por usted; es decir, por su propio egoísmo.

-Recuerde que, si decidió tener hijo/a, fue elección suya, no de su hijo/a. Éste/a no le pidió en ningún momento que lo concibiese. No le recrimine el haberle dado la vida.


Le deseo que tenga una feliz maternidad/paternidad, y que realice su proyecto personal con absoluta satisfacción.

Besos: Enrique.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Derecho a la diferencia sin diferencia de derechos.

Cada ser humano en particular es una especie en extinción. Cada individuo es diferente a todas y cada una de las demás personas que se hallan a su alrededor. 


Ni tan siquiera los/as hermanos/as gemelos/as son iguales; ni por lo biológico (que llegan a diferenciarse en sus huellas digitales, entre otros detalles), ni por lo psíquico.


Muchas veces, tanto padres como madres, viendo a sus hijos o hijas gemelos/as tan parecidos físicamente, que llegan incluso a vestirles con la misma ropa, a apuntarles al mismo colegio y a la misma clase, les llevan a las mismas actividades extraescolares, etc sin reparar en que éstos/as son sujetos completamente distintos; lo cual es un error, pues cada ser humano es individual, único e irrepetible, y los hermanos y las hermanas gemelos/as han de aprender esto muy bien: que ellos/as son ellos/as mismos/as, y no él o ella más su hermano o hermana, respectivamente.


No obstante, aun sucediendo esto, aun cometiendo este fallo muchos padres y muchas madres, cuando los/as gemelos/as alcanzan la edad adulta, no resultan ser idénticamente iguales. Pueden haber desarrollado muchas similitudes en cuanto a lo que gustos se refiere, por ejemplo; pero siempre mostrarán algunas claras divergencias.


Y es que, por mucho que se generalice y se categorice, lo realmente cierto es que el hecho de que todos/as somos diferentes, es un hecho que, a pesar de no ser aceptado por algunas personas, es incuestionable. 


Especialmente en la especie humana, la cual está compuesta de percepciones, gustos, etnias, culturas, educaciones, religiones, rituales, fiestas e idiomas diferentes.


Si bien es cierto que los seres humanos presentamos características comunes que permiten realizar ciertas clasificaciones, también es cierto que dichas características muchas veces se hallan bajo el subyugo de lo subjetivo y la cultura, y que otras tantas veces se ejercen relaciones entre ellas que nada tienen que ver.


Es decir, podemos asegurar que físicamente los hombres son de un modo determinanado y que las mujeres poseen otras características, o que todos los hombres y mujeres pertenecemos a la especie Homo sapiens sapiens; pero considero una aberración sentenciar oraciones tales como "los hombres son más inteligentes que las mujeres", "las mujeres son más buenas y cariñosas que los hombres", "los hombres son agresivos por naturaleza", "las mujeres no saben conducir", "los hombres no saben ni quieren escuchar" o "a las mujeres no les gusta el fútbol, y sólo les interesa tener hijos y criarlos".


Una cosa es generar categorías en base a una característica común que poseen unos determinados individuos, y otra cosa bien diferente es crear estereotipos o pautas sociológicas fijas de comportamiento, de actuación, de pensamiento... de ser. 


Y es que, como he dicho unas frases atrás, todas las personas somos seres humanos, pero esto no dice nada de una persona concreta, que es única e irrepetible en la historia.


Y, en tanto que somos diferentes, merecemos ser iguales en derechos. 


Una vez leí un artículo en el cual había un párrafo escrito que me gustó y lo dejé transcrito a un lado de mis apuntes de una asignatura. El párrafo decía así:


"Si la diferencia es un hecho, ¿cómo llega a ser un derecho? Precisamente porque el derecho a la diferencia o a la diversidad descansa en el principio de igualdad; es decir, un reconocimiento pleno del principio de igualdad debe admitir, sin reparo, una sociedad plural, donde todas y todos tengan garantizado el principio de igualdad de oportunidades y el derecho a no ser discriminados por su individualidad. [...]. El reconocer el derecho a la diferencia implica previamente el reconocer el derecho a la semejanza; recordemos que cuando existía la esclavitud y esta era socialmente aceptada, los esclavos no eran incluidos como semejantes por sus amos; tampoco ello ocurrió en el régimen del apartheid en Sudáfrica; ni antes del voto femenino se reconocía públicamente a las mujeres la influencia política que tienen hoy. Afortunadamente, los cambios sociales son también evolutivos; la historia no miente; el derecho a la semejanza es anterior y base del derecho a la diferencia".


Tal vez lo más correcto sería afirmar que los seres humanos somos iguales, pero no idénticos. 


Pero la conclusión está en que, seamos como seamos (hombres, mujeres, niños/as, adultos/as, jóvenes, altos/as, bajos/as, etc); seamos como seamos, y siempre y cuando ese ser esté dentro del marco ético, siempre y cuando esa forma de ser no impida a las demás personas ejercer su derecho a la diferencia, a la libertad y a la vida, hemos de poder tener derecho a la diferencia. Y, lo más importante, sin diferencia de derechos; en igualdad de condiciones y oportunidades.


Como una familia. Como un sólo pueblo. Como una única raza. Como una única nación.


Porque todos/as tenemos derecho a la vida, a la libertad... y a ser respetados/as.


Sin odio; sin opresiones; sin exclusión.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Animar al suspendido.

"Siempre me he preguntado por qué, en las tradicionales listas de las obras de misericordia, no incluían los viejos catecismos esta decimoquinta de «animar al suspendido», que en estos días debería estar a la orden del corazón en todas las casas. Porque si a los ocho, a los doce, a los catorce años, no se necesita esa ayuda, en esa especie de derrumbamiento interior que son muchos suspensos, ¿para qué queremos los hombres la compañía de nuestros semejantes?
            Deberíamos tener un respeto sagrado al dolor de los niños, a la frustración de los muchachos, a esa amargura que -especialmente entre los mejores- parece que atorase el horizonte de la vida.
            Yo pienso que un auténtico padre –o un auténtico maestro, que si no ejerce de padre no sé qué tipo de maestro será– debería ser muy exigente antes de los exámenes y muy misericordioso después de ellos. Muy exigente, porque hay que hacer descubrir a un muchacho que un suspenso ganado a pulso por vagancia o desinterés es, moralmente, un verdadero robo a los padres y a la sociedad: un robo de todo cuanto en ese año la familia y la comunidad invirtieron.
            Mas lo gracioso es que precisamente los padres que fueron más manga ancha antes de los exámenes son los menos comprensivos, los más manga estrecha después de ellos, cuando sería la hora de infundir esperanzas y no desalientos. Pienso con terror en el enorme número de muchachos que en este mes estarán atascándose en sus vidas gracias a la suma de su personal flojera de coraje y de estudio y de la falta de ayudas y estímulos de sus padres.
            Porque si perder un curso es un robo, tirar por ello la vida es una estupidez.
            Esta es la hora, creo, de explicar a muchos muchachos –sobre todo a los mejores– que fueron muchos los genios que alguna vez tropezaron en sus estudios. Que un suspenso sólo es peligroso cuando es el primer eslabón de una cadena de suspensos.
            Decirles, por ejemplo, que a Severo Ochoa le suspendieron dos veces en sus estudios de Medicina. Que a Balmes le catearon en Matemáticas. Que Ramón Gómez de la Serna y Azorín tropezaron precisamente en Literatura. Que en el expediente de Lorca hay un suspenso en Historia de la Lengua Española. Que a Vázquez de Mella le regalaron una calabaza en la Universidad de Santiago. Y... que todos ellos acabaron triunfando, precisamente en esas asignaturas en las que un día flojearon. Porque supieron no atascarse en un suspenso. Porque supieron convertirlo en un estímulo, lo mismo que cuando tropezamos, si logramos no caernos, avanzamos mucho más de prisa que sin ese tropezón.
            Habría, sobre todo, que explicar a los muchachos muy bien que eso de que «el genio nace» es el más grave y peligroso de todos los camelos de la humanidad. Existe, sí, algún que otro Mozart, pero, a la larga, de cada mil niños prodigios sólo uno triunfa, y lo normal es que no haya más genialidad que la del trabajo nuestro de cada día.
            Recuerdo ahora el caso de Einstein, uno de los padres de la ciencia moderna. Sus biógrafos cuentan que fue un muchacho muy especialmente retrasado. A los tres años aún no sabía hablar, decía únicamente unas pocas palabras y, aun éstas, mal pronunciadas, tanto que sus padres estaban ya perfectamente resignados a tener por hijo a un deficiente mental.
            Cuando, a los seis años, consiguió un desarrollo normal, la timidez hizo parecer mayor su retraso. «Papaíto aburrido», le llamaban sus compañeros de colegio. Y más tarde, en sus estudios medios, prácticamente nunca pasó de notable. Fue un alumno tan vulgar que cuando triunfó en la ciencia y los periodistas quisieron analizar sus años juveniles, descubrieron que ninguno de sus antiguos compañeros de colegio se acordaba de él.
            Dios me librará muy mucho de decir desde aquí a los muchachos que no importa el puesto que consigan en sus colegios. Pero creo que me permitirá decirles que no lo supervaloren, que los hechos demuestran que siete de cada diez muchachos números uno se convierten en vulgaridades en la vida y que, con frecuencia, son los chicos medios de la lista quienes muestran un día mayores potenciales en el interior.
            Personalmente admiro mucho más el coraje y el trabajo que el genio y la inteligencia. Los hombres que triunfan en la vida no son aquellos a quienes les salen rayitos luminosos de la frente, sino los que ponen codos y voluntad en sus tareas; quienes saben proponerse objetivos claros y dirigirse tercamente hacia ellos. Estoy plenamente de acuerdo con aquella afirmación de Bernard Shaw que aseguraba que «el genio es una larga paciencia» y con aquella frase de Joubert que dice que «el genio comienza las grandes obras, pero sólo el trabajo las termina». O con Beethoven, que lo decía más plásticamente: «El genio se compone de un 2 por 100 de talento y de un 98 por 100 de trabajo.»
            Recuerdo que en los años en que yo fui profesor no me cansé nunca de escribir en las pizarras una fórmula matemática, que resumía en tres cifras mi visión sobre el valor de los hombres. Era una fórmula que decía así: 1 I x 2 C x 10 T = X. Que, traducido, querría decir: un hombre vale igual que un coeficiente de inteligencia multiplicado por dos coeficientes de las circunstancias en que se moverá su vida, multiplicado a su vez por diez coeficientes del trabajo que pondrá en su pelea. De lo que se deducía que un muchacho supergenial (con 10 de inteligencia) y superafortunado (con 10 de circunstancias favorable en toda su vida), pero poco trabajador (con un dos de vagancia), produciría un resultado de 4.000. Mientras que un chaval medianillo (justito un 5), que trapalea por la vida (otro cinquillo), pero apasionadamente trabajador (demos un 10 a su esfuerzo), alcanzaba 12.500 en su resultado final.
            Tendríamos que convencer a los muchachos de que no hay inteligencia que valga lo que el coraje; que en los dedos son mucho más honrosas las ampollas que los anillos; en los triunfadores hay siempre una parte de intuición, pero nueve de tozudez. Y eso incluso en la misma poesía. Beaudelaire se lo decía a aquella dama que inquiría qué era la musa: «La inspiración, señora, es trabajar todos los días.»
            Todos los días, todos los años, toda la vida. El otro día leí no sé dónde que desde que en 1857 se encontró el primer pozo de petróleo puede calcularse que se han hecho 241 perforaciones por cada pozo realmente encontrado. ¿Y sería la vida menos dura que la tierra? ¿Y sería el buscador de felicidad más afortunado que el de oro negro? Si quienes perforan fuesen tan desalentadizos como son los que estudian una carrera, a estas alturas seguirían andando los coches con sueños o con carbón.
            Díganselo a los muchachos: que un suspenso sólo es peligroso en dos casos: primero, cuando uno se ríe de él, y segundo, cuando uno se tumba encima de él. Y explíquenles también que tendrán derecho a desalentarse cuando lleven 242 fracasos. No antes".

Fuente:  Razones para la esperanza. José Luis Martín Descalzo.

"Si te caes siete veces, levántate ocho". Proverbio chino.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El sexismo y el currículum oculto. La educación invisble.

No hace mucho tiempo, caminando por la calle, me fijé en el escaparate de una tienda de juguetes infantil. En él podía divisarse lo mismo que entodas las tiendas de juguetes:

Una estantería llena de "juguetes para chicos" (balones de fútbol, coches eléctricos, muñecos de guerra, pistolas de bolas, monstruos de series de dibujos animados, etc; y, en otra, toda una diversa colección de "juguetes para chicas" (cocinitas, muñecas, carritos, videojuegos tales como Imagina ser mamá, Imagina ser diseñadora de moda, Imagina ser cocinera, etc).

(En esta imagen, como podemos ver, la muñeca está fuera de la caja, mientras que la niña se encuentra en su interior, representada como un "juguete" de la sociedad).

Entonces pensé en lo que en Pedagogía denominamos el Currículum oculto.

El currículum oculto es un tipo de currículum formado por todos los aprendizajes no preestablecidos ni por la Administración, ni por el centro, ni por el profesor o la profesora.

En palabras de Miguel Ángel Santos Guerra:

”Currículum oculto se define como el conjunto de normas, costumbres, creencias, lenguajes y símbolos que se manifiestan en la estructura y el funcionamiento de una institución. Sin pretenderlo de manera reconocida, el currículum oculto constituye una fuente de aprendizajes para todas las personas que integran la organización. Los aprendizajes que se derivan del currículum oculto se realizan de manera osmótica, sin que se expliciten formalmente ni la intención ni el mecanismo o procedimiento cognitivo de apropiación de significados”.

Por ejemplo: Si estudio en Historia la Guerra Civil española, y mi profesor posee las ideologías de un bando, yo aprenderé la historia de un modo, aprenderé a ver la historia desde la perspectiva de mi profesor, y pensaré con dicha ideología.

Otro ejemplo: Si en el Instituto soy acosado por todos los compañeros varones extranjeros, y soy tratado bien por las mujeres extranjeras, ocultamente, sin la intención de nadie, "aprenderé" que todos los varones extranjeros son malos y peligrosos, mientras que las mujeres extranjeras son cariñosas y comprensivas.

Y esto es lo que sucede en la sociedad: Se nos inculca un determinado tipo de currículum oculto, unos aprendizajes invisibles,  y estos, al ser aprendizajes adquiridos sin que nadie nos los expliquen, sin haberlos oído mencionar, suelen ser aprendizajes no razonados, no pensados... y al final pensamos de una determinada manera porque sí, porque es lo que hemos visto o experimentado a lo largo de toda nuestra vida, a través de los juguetes, las canciones, los anuncios publicitarios, etc.

Y el sexismo, la discriminación y la desigualdad de género, es justamente uno de esos aprendizajes ocultos de los cuales, hasta que no somos mayores (a menos que no nos hayan enseñado a pensar), no solemos darnos cuenta.

A un niño, desde que nace, se le inculca que debe gustarle el color azul y detestar el rosa; que debe jugar al balón y a las pistolas, en vez de a las muñecas; que debe ser travieso y guerrero; que tiene pene y las chicas no tienen nada; que decir tacos y levantar las faldas a las mujeres está bien porque todo el mundo se ríe cuando lo hace; que si juega con una consola, debe ser a videojuegos de violencia, y no de cuidado de animales o bebés. En definitiva: Que es un chico, y debe pensar y actuar de un modo determinado; porque, de no hacerlo, será un marica y un afeminado.

Por el contrario, a una niña, desde que nace, se le inculca que debe gustarle el rosa; que debe jugar a las muñecas y a "los papás y las mamás"; que debe estarse quieta y tranquila, pues nadie quiere a las niñas intranquilas; que ella no tiene nada y los chicos tienen pene; que si un niño le levanta la falda no debe enfadarse, porque es motivo de risa, pero si a ella se le ocurre tocar el pene de un niño será castigada; que los videojuegos pertenecen a los niños, pero que si juega a ellos, debe ser a juegos de mamás, cocineras, modelos, etc. En resumen: Que es una chica, y debe pensar y actuar de una manera determinada; porque, de no hacerlo, la señalarán al grito de "machorra" o "guarra".

No trato de explicar que el hecho de que un niño juegue al balón y que una niña juegue a las muñecas sea malo. Trato de aclarar que estos hechos, en ocasiones, más que suceder por el deseo propio del niño o la niña, ocurren porque se les obliga, en cierto modo, a hacerlo de esta manera y no de otra.

A lo que critico no es al hecho de que un niño juegue con un coche y una niña a las muñecas; a lo que critico es a que, en lugar de una acción elegida por el/la niño/a, sea una acción impuesta por la sociedad; y que todo niño y toda niña que se salga de esta norma sea rechazado/a.

Una de las características que diferencia al ser humano del resto de las especies animales, reside en que nosotros podemos realizar procesos metacognitivos, es decir, que podemos desempeñar una función de cognición de la cognición; o dicho de otro modo: podemos pensar sobre nuestro propio pensamiento y comportamiento.

Importante es saber pensar; pero más aún lo es el saber pensar acerca de nuestro propio pensamiento. Poder saber por qué motivo pensamos de un modo u otro y por qué motivo llevamos a cabo unas acciones u otras; nos permite darnos cuenta de cuáles son nuestras actitudes y aptitudes; cómo va encaminado nuestro pensamiento moral; darnos cuenta de los errores de las demás personas y nuestros propios errores, enjuiciarlos (a través de un pensamiento crítico) y remendarlos... Todo esto permite regular nuestro estado de ánimo, nuestras pautas de conducta y de opinión, autorrealizarnos y aspirar a un bien mejor.

Y es que, si queremos cambiar determinados ámbitos de las socidad con la educación, primero hemos de "levantar el velo" a esos currículum ocultos, a esos aprendizajes invisibles, que nos son inculcados (y no enseñados), y pensar sobre ello. Porque, mientras existan personas que adquieran aprendizajes sin darse cuenta, de forma inconsciente, siempre habrá personas sin una opinión propia, y que piensen que actúan como actúan porque son lo que son y deben comportarse y opinar así por norma general. Porque, mientras la sociedad prosiga inculcando unos valores y unas ideologías, habrá gente que opine que las cosas son como son y no pueden ser de otra manera. Porque, mientras el currículum oculto siga sin desmantelarse, la sociedad humana estará más henchida de robots que de seres humanos críticos... maduros... independientes... ¡y libres!

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mediante la educación se nos debería incentivar a ser nosotros/as mismos/as, y a realizar nuestro proyecto vital; no a lo que la sociedad nos dicta qué debemos ser y hacer.

"El proyecto personal se va afianzando a lo largo de las diferentes etapas de nuestra vida. Es el proyecto que debería dar respuesta a nuestro mandato interior, a nuestros sentimientos; el que nos inclina a elegir una determinada profesión, a dedicar nuestro tiempo libre a actividades que nos satisfacen; a vivir en pareja, o en solitario; a ser o no ser padres.

Si preguntásemos a las personas que nos rodean: <<¿Cuál es tu proyecto de vida?>>, <<¿qué deseas hacer en tu vida?>>, muchas responderían: <<Nunca se me ha ocurrido pensarlo>>, <<no puedo pensar en mí, tengo una familia de quién ocuparme>>, <<cumplo con mi deber>>.

Nuestros padres y nuestra sociedad nos imponen tareas que jamás hemos elegido. Muchas personas las asumen como si no tuviesen capacidad de elección, como si no pudiesen decidir de acuerdo con sus intereses, siguiendo su propio criterio y sus sentimientos.

Un ama de casa, normalmente, no piensa si quiere o no ocuparse de la casa, de sus hijos, de su marido; se ocupa, sin más, aunque a la vez se queje de trabajar veinticuatro horas al día y trescientos sesenta y cinco días al año. No se para a pensar que es mujer antes de ser esposa y madre; que puede tener su propio proyecto de vida, que puede hacer todo aquello que le permita desarrollar sus intereses, sus valores. Podría tener amigas, verse con ellas, hacer algún deporte, aprender algo nuevo que le gustase, leer... Pero, cumpliendo el mandato social, se olvidó de ser ella misma y se entregó a la labor de esposa y madre. Se dedica por entero a su familia. Con el tiempo, le pasará factura el renunciar a sí misma, querrá que todos se ocupen perpetuamente de ella. Querrá depender de sus hijos del mismo modo que sus hijos dependieron de ella.

Un padre de familia, normalmente, no piensa si quiere o no quiere dedicar su vida a mantener a su familia, aunque a la vez se queje de cargar con el peso económico de todos. Realiza un tipo de trabajo que, en la mayoría de los casos, no responde a sus gustos personales. Trabajar le sirve únicamente para ganar dinero. No se para a pensar que es hombre, que tiene sentimientos, y que no debe ser tratado como una máquina de hacer dinero. Que puede disfrutar la paternidad, tener una vida íntima y placentera con su mujer, y un tiempo para sí mismo. Dejó a un lado sus proyectos personales y empezó a responder a la demanda social: <<Lucha por tu famila, olvídate de ti>>.

Cuando uno deja de ser uno mismo para dedicarse a otros, acaba culpando a los otros por no sentirse a gusto consigo mismo. La mayoría de los seres humanos realiza proyectos impuestos por la sociedad. Se somete sin darse cuenta. Deja que otros decidan lo que tiene que estudiar, qué trabajo aceptar, con quén formar una familia, cómo educar a sus hijos o la manera de utilizar su tiempo libre. La sociedad (familia, colegio, amigos, compañeros y medios de comunicación) decide por cada uno. Hay muy pocas personas dispuestas a hacer el esfuerzo de sacar de su interior, a la luz, su propio proyecto de vida".

Fuente: Educar a niños y niñas de 0 a 6 años. Maite Vallet.

A diferencia de lo que muchas personas piensan, tener vida propia, realizar nuestro proyecto vital, tener unas expectativas propias... no es malo ni egoísta. Todo lo contrario: es bueno, pues nos ayuda a autorrealizarnos, a mejorar nuestra autoestima y nuestra calidad de vida. Nos aporta vitalidad, energía, alegría, conocimiento, experiencias que nos motivan y nos gustan. Nos ayuda a crecer mentalmente y como personas; y, con ello, nos ayuda a poder dar a quienes se hallan a nuestro alrededor un ambiente positivo.

Con esto no trato de decir que única y exclusivamente hay que preocuparse por uno/a mismo/a; ni que ser padre o madre no pueda ser un buen proyecto vital, que lo es; pero generalmente se nos inculca la idea tradicional, y no una idea libre, abierta a todas las posibilidades. Lo que trato de explicar es que, como comenta el psicoterapeuta gestáltico Jorge Bucay, en su libro Cartas para Claudia, "no hay que morir por los demás, sino vivir para seguir junto a ellos".

El burro que cayó al pozo.

De vez en cuando, según me vaya apeteciendo, dejaré por escrito un cuento. Los cuentos tienen un alto valor pedagógico (enseñan valores, ayudan a hacer "volar" la imaginación de los/as niños/as, mejoran la memoria, nos enseñan a hablar y a esuchar, etc).
Y estos, al contrario de lo que muchas personas opinan, no sólo sirven para educar y mejorar a los niños: también son útiles para los más mayores.

Aquí os dejo un cuento que nos contó un profesor mío. Puede que ya lo conozcáis... puede que no... No obstante, espero que os guste.

Había una vez un granjero que tenía un burro llamado Perico. Este burro era de los más fuertes e inteligenes que tenía, y por ello era el burro a quien más preciaba.

Un día, desafortunadamente, el burro cayó a un pozo que el granjero y su mujer habían construido no hacía mucho tiempo.

Tras pensar un buen rato cómo podría sacar al burro del pozo, ni su mujer ni el granjero dieron con la solución. Así pues, pensaron que lo mejor que podían hacer era enterrarlo y darle una muerte rápida, para que no sufriese.

 

De este modo, tanto la mujer como el granjero comenzaron a echar arena en el pozo, y con el burro en su interior.
Tras un buen rato echando tierra, la pareja de granjeros se sorprendieron al ver cómo, por cada montón de arena que echaban sobre el burro, el animal se sacudía la tierra y avanzaba hacia arriba.

Contemplando la escena con escepticismo, tanto la mujer como el hombre comenzaron a echar arena sobre el asno con mayor fuerza y velocidad... pero esta vez no con pena, sino con la alegría de saber que habían logrado, por casualidad, hallar la forma de hacer salir al burro del interior del pozo.

Y, efectivamente, así ocurrió: Perico continuó hasta el último momento, hasta que salió del pozo, sacudiéndose la tierra y avanzando un paso hacia arriba, dejando bajo sus fuertes patas toda la arena que la pareja de granjeros había echado sobre él.

*En numerosas ocasiones, la vida nos pone obstáculos y "nos tira arena encima". Pero no debemos quedarnos quietos/as, preocupados/as por el problema. Hay que moverse, "dar un paso hacia arriba", aprender... y salir del pozo.

Y es que, a veces, nuestro/a enemigo/a no son los demás... sino nosotros/as mismos/as.
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