lunes, 27 de junio de 2011

El verdadero valor del anillo.

Espero que este cuento les sirva en aquellas ocasiones en las que se vean a ustedes mismos/as con poco valor, y en aquellas en las cuales les persiga ese autorrechazo que vimos en la entrada anterior:

"-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

-Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después... -Y, haciendo una pausa, agregó-: Si quieres ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

-E… encantado, maestro –titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien –continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió-: Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el aíllo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.

Cuando el muchacho mencioaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.

Cuánto hubiera deseado el joven tener unamoeda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.

Entró en la habitación.

-Maestro –dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

-Eso que has dicho es muy importante, joven amigo –contestó sonriente el maestro-. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que ´l puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con el anillo.

El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.

-¿Cincuenta y ocho monedas? –exclamó el joven.

-Sí –replicó el joyero-. Yo sé que con el tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate –dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda".


Fuente: Bucay, J. (2005). Déjame que te cuente los cuentos que me enseñaron a vivir. RBA bolsillo: Barcelona.

martes, 21 de junio de 2011

Autorrechazo.

"Estaba allí desde el primer momento, en la adrenalina que circulaba por las venas de tus padres cuando hacían el amor para concebirte, y después en el fluido que tu madre bombeaba a tu pequeño corazón cuando todavía eras sólo un "parásito".

Llegué a ti antes de que pudieses hablar, antes aun de que pudieses entender algo de lo que los demás te decían. Estaba ya cuando torpemente intentabas dar tus primeros pasos ante la mirada burlona y divertida de todos. Cuando estaba desprotegido y expuesto, cuando eras vulnerable y necesitado.

Aparecí en tu vida de la mano del pensamiento mágico; me acompañan... las supersticiones y los conjuros, los fetiches y los amuletos... las buenas formas, las costumbres y la tradición... tus maestros, tus hermanos y tus amigos...

Antes de que supieses que yo existía dividí tu alma en un mundo de luz y uno de oscuridad. Un mundo de lo que está bien y otro de lo que no lo está.

Yo te traje tus sentimientos de vergüenza, te mostré todo lo que hay en ti de defectuoso, de feo, de estúpido, de desagradable. Yo te colgué la etiqueta de diferente cuando te dije por primera vez al oído que algo no andaba del todo bien en ti.

Existo desde antes de la conciencia, desde antes de la culpa, desde antes de la moralidad, desde los principios del tiempo, desde que Adán se avergonzó de su cuerpo al notar que estaba desnudo... ¡y lo cubrió!

Soy el invitado no querido, el visitante no deseado, y sin embargo soy el primero en llegar y el último en irme. Me he vuelto poderoso con el tiempo escuchando los consejos de tus padres sobre cómo triunfar en la vida.

Observando los preceptos de tu religión, que te dicen qué hacer y qué no hacer para poder ser aceptado por Dios en su seno. Sufriendo las bromas crueles de tus compañeros de colegio cuando se reían de tus dificultades. Soportando las humillaciones de tus superiores. Contemplando tu desgarbada imagen en el espejo y comparándola después con la de los famosos que salen por televisión.

Y ahora, por fin, poderoso como soy y por el simple hecho de ser mujer, de ser negro, de ser judío, de ser homosexual, de ser oriental, de ser discapacitado, de ser alto, bajito o gordo... puedo transformarte en un montón de basura, en escoria, en un chivo expiatorio, en el responsable universal, en un maldito bastardo desechable.

Generaciones y generaciones de hombres y mujeres me apoyan. No puedes librarte de mí.

La pena que causo es tan insostenible que para soportarme deberás pasarme a tus hijos, para que ellos me pasen a los suyos por los siglos de los siglos.

Para ayudarte a ti y a tu descendencia me disfrazaré de perfeccionismo, de altos ideales, de autocrítica, de patriotismo, de moralidad, de buenas costumbres, de autocontrol.

La pena que te causo es tan intensa que querrás negarme y, para eso, intentarás esconderme detrás de tus personajes, detrás de las drogas, detrás de tu lucha por el dinero, detrás de tus neurosis, detrás de tu sexualidad indiscriminada. Pero no importa lo que hagas, no importa adónde vayas. Yo estaré allí, siempre allí. Porque viajo contigo día y noche sin descanso, sin límites.

Yo soy la causa principal de la dependencia, de la posesividad, del esfuerzo, de la inmoralidad, del miedo, de la violencia, del crimen, de la locura.

Yo te enseñé el miedo a ser rechazado y condicioné tu existencia a ese miedo. De mí dependes para seguir siendo esa persona buscada, deseada, aplaudida, gentil y agradable que hoy muestras a los demás. De mí dependes porque yo soy el baúl en el que has escondido aquellas cosas más desagradables, más ridículas, menos deseables de ti mismo.

Gracias a mí has aprendido a conformarte con lo que la vida te da, porque, después de todo, cualquier cosa que vivas será siempre de lo que crees que mereces.

Has adivinado, ¿verdad?

Soy el sentimiento de rechazo que sientes hacia ti mismo.

SOY... EL SENTIMIENTO DE RECHAZO QUE SIENTES HACIA TI MISMO.

Recuerda nuestra historia...

Todo empezó aquel día gris 
en que dejaste de decir orgulloso: 

¡Yo soy! 

Y, entre avergonzado y temeroso, 
bajaste la cabeza y cambiaste tus palabras y actitudes
 por un pensamiento: 

Yo debería ser..."


Fuente: Bucay, J. (2005). Déjame que te cuente... los cuentos que me enseñaron a vivir. RBA bolsillo: Barcelona.

jueves, 16 de junio de 2011

Los/as niños/as hacen lo que ven 2.

Les paso aquí un vídeo que me dejó bastante impresionado cuando lo vi. Es otro ejemplo más de cómo el ambiente familiar influye signifivativamente en las actitudes de los niños y las niñas.



Al fin y al cabo, la mejor forma de aprender a odiar, es siendo odiados/as. Y la mejor forma de aprender a amar, es siendo amados/as.


Nota: Si quieren ver otro vídeo que puse en una entrada anterior, sobre un spot publicitario donde se reflejaba también la imitación que niños y niñas hacen de los comportamientos adultos, pueden hacerlo pulsando aquí.

domingo, 12 de junio de 2011

Educar con amor.

Bajo mi punto de vista...

Educar con amor es, ante todo, tomar al infante como un ser humano; un ser humano que merece el mismo cariño y el mismo respeto que toda persona adulta.

Educar con amor es vernos reflejados a nosotros/as mismos/as en el infante y recordar aquellos tiempos en los que deseábamos con profundo anhelo un beso, una caricia, un abrazo, una aprobación... un te quiero.

Educar con amor es respetar el desarrollo del infante, sin forzar. Existen métodos pedagógicos que nos permiten hacer que el niño o la niña aprenda ciertas habilidades antes de lo que les creíamos capaces. Si puede avanzar la pedagogía y lograr esto sin causar problema alguno en ellos/as, por mi bien; si no, mejor dejar crecer y esperar con sabia paciencia.

Educar con amor es educar hacia la autonomía, hacia la libertad del educando. Ahora bien, autonomía no significa ausencia. Podemos estar con nuestro/a niño/a animándole a hacer las cosas por sí mismo/a, pero apoyándole, haciéndole saber que nosotros/as, sus educadores/as, sus padres, sus madres, estamos ahí, y que le ayudaremos si precisa ayuda.

Educar con amor es no olvidar que la educación no debe ser meramente instrucción; pues educar no es simplemente enseñar; educar es llevar al ser humano, al infante, a ese ser pobre y humilde, a su máxima condición física, psíquica y moral. La enseñanza a secas es adoctrinamiento y moralmente vacía. La educación, la cual para mí sólo es buena si va acompañada de una ética correcta y digna, engrandece los corazones, las mentes y los espíritus.

Educar con amor es no llevar a cabo el proceso de la educación como un medio orientado hacia un fin, sino que la educación constituya un fin en sí misma. Si por ejemplo damos una educación feminista, esto es, igualitaria, pienso que no debe ser con el objetivo de conseguir una sociedad equitativa entre hombres y mujeres, sino que si se hace así, debe ser porque es lo correcto. Es decir, no pensar en un camino hacia la igualdad, sino que la igualdad sea el camino. No pensar un camino hacia la libertad, sino que la libertad sea el camino. No pensar un camino hacia la paz, sino que la paz sea el camino.

Educar con amor es pensar que el educando ya crecido no viene a nosotros/as vacío/a. Es pensar que lleva algo ya escrito en su mente: ideas y emociones. Es respetar ambas cosas. Es tener en cuenta que nuestro/a niño/a también tiene un cerebro que le permite generar ideas y sentir. No hay que centrarse meramente en la educación intelectual, ni tampoco exclusivamente en la sentimental. Educar en ambas cosas a la vez es posible.

Educar con amor es permitir moverse al infante. Es permitirle satisfacer su curiosidad y explorar el mundo, cual arqueólogo/a adentrándose en un nuevo mundo lleno de tesoros aún por descubrir.

Educar con amor no es amarrar a nuestro educando. No es tejer una cadena, ni siquiera lazos. Es construir un puente que nos permita estar en contacto, al mismo tiempo que nos permite ser tú y yo por separado.

Educar con amor consiste en desear lo mejor para nuestro educando y aceptarlo tal y como es, sin pretender cambiarle para nuestro propio gusto, ni utilizarle para nuestros propios fines.

Educar con amor es mostrar interés y preocupación por el infante, sin llegar a hacerlo de forma exagerada y extremista, hasta el punto de anularle.

Educar con amor pensar que ese pequeño y delicado ser no nos pertenece, sino que se pertenece a sí mismo (hemos llegado a un punto que el que los padres y las madres piensan "mi hijo/a es mío/a y tengo derecho a decidir sobre él/ella en todo momento y para todo, lo que me plazca"; y esto conlleva a que como pertenece a la madre y el padre, estos pueden decidir sobre su hijo/a cosas como propinarle una paliza. "Y que nadie me lo reproche porque es mío/a").

Educar con amor es desear el bien, la felicidad y la auto-realización del niño o la niña, sin significar eso la escasez del bien, de la felicidad y de la autorrealización propia, pues no puede ofrecerse aquello de lo que uno/a carece.

Educar con amor es como hablar en susurros, cual dos amantes hablándose labio a labio; sin gritos, sin prepotencia ni pedantería. Con humildad y delicado afecto.

Educar con amor es agacharnos y ponernos a la altura del infante. No podemos pedirle que éste/a se ponga a nuestro nivel, como si de una persona adulta se tratase, pero siempre podemos hacer que el mundo sea un poco más pequeño, a su medida. Porque a veces, para ayudar a crecer, hay que agacharse.

miércoles, 8 de junio de 2011

Hablemos de homosexualidad (¿?).

Hace unos días, una profesora sacó a debate el tema de la homosexualidad. Todos los compañeros y todas las compañeras que intervinieron en la charla hablaron a favor del tema y de las personas homosexuales.

Pero... yo, tal y como comenté, no estoy tan seguro de que realmente estemos 100 % a favor de la homosexualidad, o al menos 100 % concienciados/as con este tema.

Primero, porque aún nunca he oído preguntar, por ejemplo, a ninguna persona a un/a niño/a "¿tienes novio o novia?", sino que siempre se quedan en un "¿tienes novio?", si es niña; y "¿tienes novia?" si es niño. Tenemos la mente programada para dar por hecho que toda persona es heterosexual (aunque no comprendo por qué se le hacen esas preguntas a niños/as. Me parece un poco fuera de lugar a esas edades...).

Segundo, porque aún no he conocido a alguien que piense en sus hijos/as y nietos/as como personas homosexuales, bisexuales, o, por qué no, asexuales, sino que todos/as serán heterosexuales y tendrán hijos/as heterosexuales.

Tercero, porque aún conozco a gente que me comenta "yo estoy a favor de la homosexualidad, pero preferiría que mi hijo/a fuese heterosexual". O, "estoy a favor de las personas homosexuales, pero cuando muestran ese comportamiento tan... suyo". Vaya, ahora no sólo tenemos que decidir su orientación sexual, sino que también cómo deben moverse (por supuesto, a lo "masculino" si son hombres, y a lo "femenino" si son mujeres. Nada de ser muy "mariquita" o muy "machorra", ¿eh? [...]).

Y por último, y la razón más sencilla, es que, si realmente estamos tan concienciados/as y a favor de esta oriantación sexual... ¿por qué sacamos este tema a debate? Nunca he visto que se saque a debate un tema acerca de la heterosexualidad, pues este tema sí que está realmente normalizado y bien visto. Si la homosexualidad fuese en nuestras vidas algo tan normal y corriente como quien ve a una persona con ojos verdes... no dialogaríamos sobre ella.

domingo, 5 de junio de 2011

Mujer versus madre. Elisabeth Badinter.

La siguiente entrada pertenece a Mamá española en Alemania, del blog Una Mamá Española en Alemania. Habla sobre el libro Le conflit la femme et la mère (El conflicto la mujer y la madre), de Elisabeth Badinter. Os dejo con ella, y al final dejo algunas anotaciones mías. Espero que disfrutéis el texto.

"Pues yo sí que me lo he leído. Enterito. 

Me daba bastante pereza, lo reconozco. Llevaba sin leer filosofía desde que entregué mi tesina y aquello fue tan apoteósico, triste y frustrante (entre otras cosas porque el mierdapueblo había dejado de ser una posibilidad para convertirse en un hecho inminente y con él la aceptación resignada del sacrificio de mi proyección académica), que decidí aparcar la filosofía, sino para siempre, por lo menos hasta que doliese menos.

Además, la filosofía francesa por lo general no me gusta. Me irrita. Me parece poco metodológica, bastante inútil y pedante. Pero me lo habían recomendado y después de leer cosas como ésta, a pesar de estar de acuerdo en el quid de la cuestión (o sea, una masculinización de las mujeres como punto de partida para la supuesta igualdad), me saltaron todas las alarmas. Y viendo que además Madame Badinter suele ser criticada sin piedad por las que se hacen llamar neofeministas, pedí su libro. Y no me ha decepcionado en absoluto. Ha sido el soplo de aire fresco que necesitaba en mi constante lucha interior o conflicto entre aquello por lo que daría mi vida (mis hijos) y MI vida.

No voy a contar todo lo que en él expone y argumenta (de manera impecable además), pero sí que voy a poner en antecedentes sobre los temas que ahí se tratan y de qué manera:

- No critica la lactancia prolongada, ni el colecho, ni la crianza con apego/respeto o como quieran llamarlo sus partidarias.

- No critica la reivindicación de muchas de su derecho a ser madres, ni que haya mujeres que se quieran quedar en casa a cuidar de sus hijos, ni que muchas no se sientan realizadas con el trabajo, sino con la maternidad, la lactancia o lo que les dé la real gana.

¿Qué critica entonces? 

El paso de la reivindicación legítima de un derecho que en muchos países se ha obviado o pisoteado (bajas maternales más largas si se quieren, lactancia prolongada…etc.) a la imposición moral ilegítima de una de las muchas formas de afrontar la maternidad como única buena y verdadera.

Ahora resulta que, como ser madre no es obligatorio, si una mujer decide convertirse en madre está moralmente obligada a sentirse realizada como mujer siéndolo. Esta nueva ola feminista-naturista, pasa de luchar por su derecho (repito por si las moscas: legítimo) a ser madre a su manera, a imponer ese modelo de buena madre/madre ideal como ideal moral a seguir. O sea, o estás 100% dedicada en cuerpo y alma al niño, te fusionas con él totalmente, o no eres digna de llamarte madre. Una vez te conviertes en madre, tu esencia femenina se equipara a tu esencia como madre y no hay más que hablar. Que la maternidad “sólo” sea una parte de tu identidad como mujer, aunque sea grande, no vale. 

Hemos pasado de ser las que otorgan el don de la vida (1) a estar en deuda perpetua con nuestros hijos. Más que hacerles un regalo, parece que firmamos un contrato unilateral de antemano con ellos. Claro, como no han pedido nacer y este mundo es complicado y está lleno de maldades, tenemos que estar resarciéndoles por nuestra decisión (¿egoísta?) por siempre jamás. Si esta es la filosofía por la que se trae un niño al mundo, mejor no lo tengas, sinceramente.

¿Y a qué se apela para fundamentar todo esto? A la culpabilidad que toda madre siente en relación con sus hijos, al constante miedo al fracaso como madre, a los posibles traumas que se les pueda causar (¡incluso por estar triste durante el embarazo!). Y así se ha ido demonizando todo lo que no cuadra con este ideal de madre entregada: el trabajo, el biberón, el chupete… ¡ahora incluso tengo que leer el cochecito y el sexo! 

¿Realmente es feminista afirmar que “El coito para nosotras sólo es el principio de una amplísima y larguísima experiencia sexual: la maternidad”? ¿Y los homosexuales? ¿Las mujeres que toman anticonceptivos? ¿Las que no quieren más hijos? ¿Las que son estériles? ¿De verdad tenemos que volver a pensar que si te acuestas con tu pareja sin querer quedarte embarazada significa que te están sometiendo a su machismo retrógrado? Yo creo que aquí el señor Ahmadinedschad encontraría un filón…

¿Y la lactancia? ¿y la crianza con apego? ¿Cómo se puede afirmar por un lado que el bebé te necesita constantemente, que tu atención tiene que estar centrada en él a todas horas, que el momento de dar el pecho es algo especial que requiere concentración, calma e intimidad y por otro afirmar que la ministra bien podría haberse puesto a dar de mamar a su retoño (o cambiarle los pañales o calmarle en medio de un cólico) en una reunión del congreso? ¿En qué quedamos, se puede o no se puede? No se puede decir llueve y no llueve para ganar adeptos. O llueve o no llueve.

Yo, que vivo en un país que promulga tanto que casi obliga que una mujer, al convertirse en madre sólo sea tenida en cuenta como esto último, resulta que me encuentro, pasmada, con que Alemania tiene la tasa europea más baja de natalidad. Aquí, si te conviertes en madre, lo haces con todas las de la ley y si se te ocurre desviarte del camino correcto prepárate para la crítica social. Elige: O madre o mujer, pero "las dos a la vez no se puede, o mejor aún, no se debe". Y los resultados, como no podía ser de otra manera, catastróficos. (Esto mismo, sobre Alemania, se trata extensamente en el libro que, por cierto, está traducido también a este idioma).

Hay un consenso común (y que está además reflejado en la ley, aunque esta a veces no llegue a todas partes) sobre lo que es ser un padre o una madre negligente, abusivo, maltratador. El resto es cuestión de principios éticos y de la ideología moral dominante. Personalmente creo que por lo general en Europa, a pesar de las carencias que todavía existen en este tema, vivimos en sociedades que han dejado de preocuparse constantemente por lo que es legal (porque se ha interiorizado) y en las que cada individuo procura vivir su vida según lo que él cree que está bien y evitando lo que cree que está mal. Esto es bueno, es síntoma de libertad resguardada. Y como individuos libres, tenemos derecho a luchar y pelear por el reconocimiento de nuestras opciones vitales. ¿Por qué, entonces, esa necesidad de demonizar lo otro para justificar lo nuestro? 

Yo soy partidaria de la lactancia prolongada (aunque no la haya practicado), pero también lo soy del biberón. También soy partidaria de que una mujer se quede en casa a cuidar de sus hijos y se sienta realizada como mujer con su maternidad, pero también lo soy de lo contrario. Soy partidaria del pañuelo para llevar a los niños, pero también del cochecito (que yo uso, al contrario que el primero)… En conclusión, soy partidaria de que cada mujer viva su maternidad como más le guste y la disfrute y, sobre todo, sin sentirse culpable por ello, porque yo no siento que no quiera a mis hijos lo suficiente porque duerman en su cuna o por no haberles dado el pecho mucho tiempo o por querer trabajar o leer o irme de vacaciones sola con mi marido y descansar. Es lo que más quiero en el mundo y me niego a aceptar que por mis decisiones parentales se esté poniendo constantemente en entredicho".


Notas:

1- No creo que la mujer sea quien otorga el don de la vida. Un/a bebé solo nace de la uníón de un óvulo y un espermatozoide; es decir, que una mujer no produce hijos/as por sí misma, sino que necesita a un varón, y por ende, son ambas partes, hombre y mujer, quienes dan la vida.

2- Al igual que la autora del texto, estoy de acuerdo con la crianza con apego, con el colecho, con la lactancia prolongada, etc. Con lo que no estoy de acuerdo es con los radicalismos que tratan de imponer una ideología como la única buena y aceptable, y para lograrlo, además, lo hacen amenazando a la mujer que no quiere ser madre o seguir esos patrones, e idolatrando exclusivamente a aquellas madres que lo aceptan.

2- Por supuesto, de acuerdo con los/as pro-crianza con apego, los/as pro-crianza natural, los/as pro-lactancia prolongada, etc, hay determinadas posturas pedagógicas que no comparto, tales como pegar o gritar a un/a niño/a, dejarle llorando o hacerle el vacío; pero jamás negaré que una familia, por necesidad, dé leche de fórmula a su bebé, y otras cosas que ya expliqué en mi entrada Mi opinión sobre la crianza natural. Y por supuesto, mucho menos trataré de asustar y de hacer sentir culpables a aquellas familias (en especial a las madres, que son las más atacadas, y por tanto las más vulnerables) que no se adapten al modelo de crianza ideal según como yo lo veo, pero que siguen otros modelos de crianza que igualmente se encuentran dentro de un límite ético que no suponga un maltrato al bebé.

3- Un ejemplo de cómo se echa la culpa a las madres puede ser un texto, entre otros muchos, que leí una vez que rezaba que "si un hijo que se enfada mucho con su madre en la adolescencia, probablemente se debe a que cuando era un bebé no pasó junto a su madre las primeras horas de vida" (cosa que demostré que no era cierto en mi entrada El mito de la vinculación madre-bebé. Otra hipótesis para fomentar la culpa de la mujer). Y el padre nunca es culpable de nada. Si un/a hijo/a tiene un problema en su juventud, resulta que se trató, siempre y sí o sí, de un fallo de la madre, que no siguió las indicaciones que la sociedad le indicó (lo cual es una contradicción, porque por un lado se dice que la madre tiene mucha responsabilidad, pero al mismo tiempo nunca es quien toma las decisiones; siempre lo hace por ella el/la pediatra, el educador o la educadora, un/a psicólogo/a... Y lo más irónico todavía es que son los/as especialistas quienes toman las decisiones por la familia, pero es la madre la culpable. ¿Alguien puede explicarme esto, por favor?).

4- Para aquellas personas que opinen que la ciencia nunca miente y que no es cierto que se inventen hipótesis para culpabilizar a las madres (e incluso a los padres), les recuerdo que ciertas teorías psicológicas de los años 40-50 afirmaban que "el autismo era provocado por los padres y las madres, que daban una educación fría a sus hijos/as", o que actualmente existen personas que afirman que "la homosexualidad es producto de una educación "excesivamente femenina o masculina" y hay que curarla con psicoterapia...".

5- Para aquellas personas que opinen que una madre que no lleva a cabo una lactancia prolongada, que usa carrito o que no practica el colecho no ama a su bebé, les diré que eso que afirman me parece tan absurdo como si yo comento ahora que una familia que vive en la ciudad quiere menos a sus hijos/as que aquellas que viven en el campo.

miércoles, 1 de junio de 2011

Motivación intrínseca.

El término motivación deriva del verbo latino movere (“moverse”). Supone algo que queremos alcanzar, algo que nos mueve y que nos ayuda a completar las tareas. En general, ha sido conceptualizada como un conjunto de fuerzas internas o de rasgos personales, de respuestas conductuales a determinados estímulos, o de diferentes escenarios de creencias y afectos.

La motivación requiere cierta actividad física o mental. La actividad física implica un esfuerzo, persistencia y otras acciones manifiestas. La actividad mental incluye un abanico de acciones cognitivas como la planificación, ensayos mentales, organización, supervisión, toma de decisiones, resolución de problemas y evaluación de cada progreso. Estos procesos motivacionales implican expectativas, atribuciones y afectos que sirven de ayuda para sostener cualquier motivación.

Las teorías conductuales y el condicionamiento consideraban que la motivación era aquello que incrementaba o mantenía una respuesta a un estímulo, según fuese la recompensa o el refuerzo. El punto de vista cognitivo, más contemporáneo, defiende que son los pensamientos de los individuos, sus creencias y emociones los factores que más influyen en la motivación (posición en la que me encuentro. Soy más bien cognitivista y no conductista).

De entre las diversas categorías en las que puede clasificarse la motivación, quiero resaltar dos: la motivación extrínseca y la motivación intrínseca.

-La motivación extrínseca es aquella que está causada por un agente externo a nosotros/as, lo que nos lleva a la ejecución de una tarea. Un ejemplo de motivación extrínseca es cuando se otorga un premio a quien mejor realice una determinada actividad.

-Se denomina motivación intrínseca a aquella que proviene de nuestro interior y que no está movida a causa de algo externo. Un ejemplo de motivación intrínseca, en mi caso, podría ser este blog. No busco ganar dinero ni aprovación ni nada. Simplemente escribo aquí porque quiero. No hay nada exterior que me mueva a publicar entradas.

Ésta segunda, la intrinseca, es para mí la que tiene más valor y la que debería darse siempre, o al menos en la mayoría de los casos. Ya desde pequeños/as, los niños y las niñas se mueven por el mundo a causa de una motivación que proviene de dentro. Desean explorar, investigar, conocer. Formulan muchas preguntas y curiosean por todos lados. Y da mucho gusto verles así; por lo menos a mí me lo da. No es preciso hablar de positivos, aprobados, regalos, etc, para que quieran aprender determinadas cosas.

Pero, por desgracia, la escuela derrumba la motivación intrínseca. Se fomenta que el alumnado estudie para aprobar un examen y tener éxito académico, y no por el deseo de aprender. Por este motivo, si me dedico a la docencia, nunca pondré exámenes a mis alumnos/as (excepto una pequeña evaluación al inicio del curso que me permita saber cuál es el nivel de la clase y comenzar desde un punto que todos/as puedan seguir). Bucaré métodos participativos, cooperativos y dinámicos para evaluar. Asimismo, nunca califiracé a mis niños/as de "suspensdidos/as" y "aprobados/as". Esos térmminos indican si se a aprobado o no un examen. Yo prefiero hablar de alumnos/as que dominan o no dominan la materia, porque con ello se diferencia entre quienes conocen y quienes no conocen. También mata la motivación intrínseca, pienso yo, los positivos y negativos. Fomentan que el alumnado haga los ejercicios por temor a un punto negativo o por el deseo de lograr un punto positivo, en vez de por el amor al conocimiento en sí mismo.


Bajo mi punto de vista, los premios pueden ser importantes en ocasiones para encaminar a un sujeto hacia la posibilidad de que llegue a gustarle una actividad de forma intrínseca. Por ejemplo, imaginemos que un/a niño/a nunca ha probado un puré de patata, mira el plato con recelo y dice que no quiere comérselo. Tal vez pueda venir bien un pacto de tipo "si te comes el puré te dejo comer después tal cosa que te gusta", a fin de que coma, y con ello pruebe el puré y pueda acabar gustándole, con lo cual no será preciso motivar extrínsecamente en otra ocasión. Pero utilizar premios y castigos constantemente, porque no se encuentra otra manera de hacer las cosas, me parece un error. Un error porque, a mi modo de ver, de esa manera no se aprenden realmente las cosas. Solamente se llevará a cabo una actividad, una conducta, buscando algún fin. Una vez que no haya premio ni castigo, existen probabilidades de que el comportamiento desaparezca.

Sin embargo, si manejamos la motivación intrínseca (lo que conlleva que nuestra labor se centre más en lo cognitivo que en lo conductual), las acciones serán realizadas siempre y por gusto propio (y de paso, si se desea, de vez en cuando se puede dar algún premio que refuerce aún más). 

Una vez leí en el libro Cómo estudiar con ganas, de José Sánchez Rodríguez, que un niño o una niña no deja de estudiar porque se distrae, sino que se distrae porque lo que tiene que estudiar no le atrae.

Quizá, si orientásemos la enseñanza hacia un modo abierto, divertido, participativo, en el que los educandos sean protagonistas del proceso y la metodología abandone el adultocenntrismo; quizá, si dejamos de emplear de manera abusiva técnicas conductuales; quizá, si suprimimos los exámenes y los sustituimos por trabajos en grupo, investigaciones, juegos, debates...; quizá, si dejamos de calificar (y clasificar) al alumnado para que se comparen con compañeros/as, y para que puedan alcanzar logros, y por contra les incentivamos a que se superen a sí mismos/as, y les presentamos los conocimientos de un modo atractivo para que les guste; quizá, si mejoramos la formación pedagógica de los/as docentes y les concienciamos en que se adentren en el mundo de la enseñanza por amor a la profesión y no simplemente porque era el único trabajo que habían encontrado; quizá, si conseguimos establecer un diálogo familia-escuela que no lleve a contradicciones pedagógicas; quizá, si dejamos de utilizar la escuela como arma política y económica, para convertirse en un centro donde la gente aprenda, piense y disfrute... Quizá con todo esto eliminemos frutraciones; potenciemos la motivación proveniente de nuestra curiosidad, de nuestro deseo, y lleguemos a ver a las cosas y las personas como fines en sí mismos, y no como medios para alcanzar algo... que solamente nos haga bien a nosotros/as mismos/as.
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