lunes, 24 de octubre de 2011

Ser un individuo dentro de un grupo.

Hoy, una profesora nos ha hecho unas preguntas al grupo de clase:

¿Qué es más importante, el individuo o la sociedad? ¿Cómo deberíamos educar: para formar personas o para construir una sociedad?  ¿La educación debe servir al propio individuo o debe ser un instrumento para formar un modelo de sociedad?

La clase nos hemos dividido en tres posiciones diferentes:

1- Quienes apoyaban que la educación debe servir para una sociedad, en tanto que la sociedad forma al individuo.

2- Quienes apoyaban el individualismo a ultranza, porque somos los individuos quienes formamos la sociedad y porque sólo así puede formarse personas libres.

3- Y la postura en la que me encuentro yo: Quienes opinamos que hay que formar individuos sociales, individuos dentro de la sociedad.

Quienes estaban a favor de la primera postura, indicaban que, ya que la sociedad construye al individuo y el individuo será, por ende, conforme está construida la sociedad, hay que centrarse en el conjunto, moldear ese conjunto, y por tanto estar la educación orientada a formar una sociedad mejor.

Quienes estaban a favor de la segunda postura, argüían que una educación orientada a modelar la sociedad, en vez de estar dirigida a cada persona por su parte, es una educación esclavizadora, porque entonces la educación se emplea como un medio para lograr algo y no como un fin en sí mismo.

Yo, por mi parte, pienso esto segundo, que la educación debe estar orientada a formar ciudadano/as libres y a ayudarles a mejorarse para intentar alcanzar la plenitud física, psicológica, moral, artística, etc. No obstante, también tenemos que tener en cuenta que vivimos dentro de una sociedad, y por tanto, también hay que educar en valores que lleven a esos individuos a cooperar, a ayudarse los unos a los otros, a vivir y convivir en sociedad.

Por consiguiente, pienso que hay que enseñar, como indica el título de la entrada, a ser un individuo dentro de un grupo.

Si tenemos en cuenta el individualismo a ultranza, corremos el riesgo de formar una sociedad cuyos individuos no tengan cohesión, sin sentido de grupo, que miran sólo por sí mismos y sin fuerza ante cualquier grupo que surja 

Un ejemplo de esto es lo que le están ocurriendo a los/as feministas: antes tenían unión, pero ahora no se ponen de acuerdo ni siquiera en qué es el feminismo, y acaban peleándose entre sí.

Otro ejemplo puede encontrarse en el racismo: en vez de verse a todas las personas como seres humanos que forman parte del mundo y que deben respetarse, se desprecia a aquellas que no pertenecen a la misma nación o raza.

Si tenemos en cuenta a la sociedad solamente, olvidando a las personas en particular, corremos el riesgo de tener un grupo al cuál se le puede adoctrinar fácilmente, que puede ser dirigido de igual forma guía un/a pastor/a a sus corderos.

El ejemplo puede encontrarse en la educación sexista: Se forman dos grupos aislados (varones y mujeres), y a cada grupo, en donde no se tienen en cuenta las características individuales, se le educa conforme a unos patrones (pre)establecidos, y todos/as responden por igual. 

Otro ejemplo puede ser la educación conductista proporcionada en la II Revolución Industrial, en donde a la clase trabajadora, que se quedaba estancada en un nivel formativo en la escuela, se la educaba para trabajar mecánicamente en las fábricas, creando una producción en cadena (fordismo).

Por este motivo, en tanto que apoyo la educación como un derecho y un fin en sí mismo para cada persona, y en tanto que centrándonos en cada punto por separado (individuo contra sociedad), podemos caer en los problemas que he ejemplificado, opto por enseñar a cada persona a ser un sujeto libre y autónomo que sepa convivir en sociedad.

Con esto, pienso, tendríamos las siguientes ventajas:

- Llegarían a formarse grupos diferentes que se respeten los unos a los otros, y en donde cada individuo pueda criticar a los otros grupos, al propio grupo y a sí mismo.

- Evitaríamos el adoctrinamiento de masas, al poseer cada individuo también una ideología propia.

- Tendríamos en cuenta los procesos cognitivos propios de cada persona en particular a la hora de enseñar o educar, pero a su vez no olvidaríamos que la enseñanza y la educación surgen dentro de un ambiente grupal (para que pueda haber educación, se precisa a alguien que eduque y a una persona que esté siendo educada).

- Seríamos capaces de diferenciar entre hombres y mujeres, pero al mismo tiempo veríamos personas.

- Podríamos fomentar la globalización y la interculturalidad, sin que eso supusiese la inhibición de la identidad propia y la cultura de cada pueblo.

- No habría racismo, al ver a las personas de diferentes pueblos o etnias como seres diferentes e iguales al mismo tiempo.

- Nos ayudaríamos los/as unos/as a los/as otros/as, sin dejar de ayudarnos a nosotros/as mismos/as. Y por tanto, buscaríamos nuestro propio bien, sin olvidar el bien a los/as demás.

- La diversidad y la igualdad irían unidas de la mano.

Y es que, al fin y al cabo, la sociedad construye al individuo, sí, pero también, al mismo tiempo, para poder transformar la sociedad, primero tenemos que transformarnos a nosotros/as mismos/as.

No hay individuo sin sociedad, ni sociedad sin individuos.
Es la pescadilla que se muerde la cola...

jueves, 20 de octubre de 2011

El halcón y el águila. Cómo formar un amor sano y más duradero.

Fuente: He sacado el siguiente cuento del blog Historietas con y sin moraleja, de Misteriosa.

Cuenta una vieja leyenda de los indios Sioux, que una vez llegaron hasta la tienda del consejero de la tribu, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Azul, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu....

-Nos amamos... -empezó el joven.

-Y nos vamos a casar... -dijo ella.

-Y nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro, o un talismán, algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos, que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar la muerte.

-Por favor -repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó al verlos tan jóvenes, tan enamorados y tan anhelantes esperando su palabra.
-Hay algo -dijo el viejo-, pero no sé... Es una tarea muy difícil y sacrificada. Nube Azul. ¿Ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte, si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de luna llena. ¿Comprendiste?

-Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno, cuando llegues a la cima, encontrarás la más brava de todas las águilas, y solamente con tus manos y una red, deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Azul. ¡Salgan ahora!

Los jóvenes se abrazaron con ternura y luego partieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte y él hacia el sur.

El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con las bolsas que contenían las aves solicitadas. El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas, eran verdaderamente hermosos ejemplares...

-Y ahora qué haremos... -preguntó el joven-. ¿Los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

-No -dijo el viejo.

-¿Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne? -propuso la joven.

-No -repitió el viejo. -Harán lo que les digo: tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero, cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar el vuelo pero sólo consiguieron revolcarse por el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

Éste es el conjuro:

Jamás olviden lo que han visto: son ustedes como un águila y un halcón, si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse el uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure... ¡vuelen juntos... pero jamás atados!

domingo, 16 de octubre de 2011

Déjate sentir.

Cuántas veces nos habremos hecho daño de pequeños/as y, mientras llorábamos, enseguida se acercaba nuestro padre, nuestra madre, nuestro/a abuelo/a, quien fuese, y, abrazándonos, nos decía tranquilamete: "Tranquilo/a. Ya ha pasado" o "No te preocupes, esto pasará pronto" o "No estés triste, que te pones feo/a".

Y así sucesivamente a lo largo de nuestra vida, contándonos frases para calmarnos, que realmente lo que hacían era decirnos indirectamente "No te sientas así. Debes (¡debes!) estar bien".

Es una educación basada en no dejar sentir. Es una educación basada en la eliminación de los duelos.

Y no estoy de acuerdo con interrumpir los duelos. Creo que cuando una persona se encuentra mal hay que apoyarla, estar junto a ella, abrazarla, acompañarla... pero nunca incitarla a abandonar sus sentimientos, a no dejarse sentir.

Por ese motivo, mucha gente, cuando le preguntamos: "¿Qué te ocurre?", responde: "Nada", y se esconde.
Por ese motivo mucha gente, cuando tiene un problema, acaba teniendo uno segundo: el de sentirse mal por estar mal. Piensan: "No debería sentirme así. No es normal", cuando es lo más normal del mundo tener problemas y sentirse mal a causa de ellos.

Opino que el enseñar a interrumpir los duelos es algo que surge por egoísmo, aunque no nos demos cuenta y lo hagamos con la mejor intención. Nos sentimos mal de ver mal a esa persona a la que amamos, y para no sufrir junto a ella, le pedimos, consciente o inconscientemente, de un modo u otro, que deje de estar así, porque nos hace daño.

Por este motivo, pienso que deberíamos dar una educación no sólo racional, basada en el enseñar a pensar, sino que también emocional, con la que los sujetos aprendan a conocerse a sí mismos, en la que las personas aprendan a mirar a sus adentros y a conocer sus emociones. A dejarse sentir.

Porque si no, a este paso, lo único que veo es que en el futuro la gente no tendrá sentimientos (como ocurre, por ejemplo, en el libro 1984, de George Orwell), o acabará la gente tomando soma (una droga que da la felicidad y que es consumida por los/as habitantes del libro Un mundo feliz, de Aldus Huxley). De hecho, vamos ya encaminados/as por ambos caminos. Hay mucha gente que es insensible ante lo que le ocurre a la gente de su alrededor; y por otro lado, a su vez, hay mucha gente tomando antidepresivos y otras sustancias, esperando encontrar desastrosa e inútilmente la rápida y efímera felicidad en ellas.

Es por eso que también opino que las personas dedicadas a la psicología clínica o a la psiquiatría, antes de ponerse a analizar la situación de sus pacientes con la mente (ese típico: "vamos a ver qué le ocurre a éste/a y de dónde viene su problema), deberían dedicar un tiempo para que sus clientes (no me gusta la palabra pacientes, porque trata a la gente que se siente mal como enferma, y no creo que el hecho de no estar feliz en todo moento sea síntoma de alguna enfermedad) puedan dejarse sentir, puedan explorar su interior y vivir sus emociones, y para que los/as propios/as psicólogos/as (o la persona que esté acompañando, no curando, a quien se encuentra mal) pueda empatizar, intimar e intentar comprender desde el corazón. 

Les animo a enseñar acompañar mediante abrazos, besos y expresiones de comprensión a los niños y las niñas cuando se sienten mal, y a dejarles sentirse como se sienten.

Les animo a que la próxima vez que veamos a alguien que está mal, no digamos frases de tipo:

- No llores, que te pones feo/a: Porque llorar es bueno, es sano, es lo que necesita esa persona en ese momento, es lo que le ayuda a dejarse sentir.

- Ya ha pasado todo: Porque es mentira. Se siente mal, por lo que no ha pasado todo.

- Sé cómo te sientes: Esto es incierto, dado que, aunque podamos tener una idea porque hayamos por una situación similar, cada cual siente de forma diferente.
-Ya saldrás de este problema. Ya pasará: En ese momento lo que importa es el dolor que se siente en el instante (por ejemplo, en caso de haber cortado una relación de pareja, lo que imoporta es el dolor por la ruptura, no el hecho de si dejará de sentirse uno/a así en el futuro, o si se amará o no a otra persona posteriormente). Se vive en el presente, y por ende se siente en el presente, no en el futuro.

Y en su lugar, mejor comentemos:

- Siento que te haya pasado esto. Estoy contigo: Es una frase que indica que te acompañan en tu duelo.

- Si tienes que llorar, llora; no te cortes: Con esto animamos a afrontar el duelo y hacemos saber que nadie le va a juzgar por llorar.

- También puede no decirse nada o dar a conocer que no sabemos qué decir: Es más importante acompañar a esa persona y que se sienta escuchada, que lo que digamos.

Y sobretodo, animo a las personas que se sienten mal a no esconder sus emociones, a abrirse, a dejarse sentir, aunque por ello nos señalen, nos critiquen o nos juzguen.


Jorge Bucay, en su libro Cartas para Claudia, escribió:

Me duele tu enfado.
Me duele tu tristeza.
Me duele tu enojo.
Pero lo que más me duele es tu silencio…

Sentir que te escondes de mí.
Que estás detrás de tus “no sé”.
Que, como el tango: te busco y ya no estás.
¿Necesitas una excusa para separarte de mí?
Puedo subir la montaña más alta con tu ayuda.
Sin ti, me cansa hasta jugar al escondite.
Me cansa saltar obstáculos.
Me cansa pelearme con tu orgullo.
Me cansa golpear la puerta
que ambos queremos que se abra
y tú mantienes cerrada.

No creo en tu confusión, sino en tus frenos.
No creo en tu “tiempo”, sino en tu orgullo.
No creo en tu odio, sino en tu frustración.
No creo en tu conducta, sino en tu sentir.

Me siento como el ciego
del poema de Rafael de León,
“que agita su pañuelo llorando
sin darse cuenta de que el tren
hace rato que ya ha partido...”

¡Ven! 
¡Abre!
¡Habla!
¡Pelea!

¡Qué estoy aquí!

jueves, 13 de octubre de 2011

Hablar con uno/a mismo/a.

Una tarde, mientras esperaba a mis alumnos/as de ajedrez, se me pasó por la cabeza la extraña idea de ponerme a jugar conmigo mismo para pasar el tiempo, y me di cuenta de que aquel ejercicio era buenísimo (por lo menos a mí me ayuda bastante) para darse uno/a cuenta de qué tipo de errores se comete en las partidas, para ver mejor las jugadas, conocerse mejor a uno/a mismo/a como jugador/a, etc.

Con ello, pensando, un día se me ocurrió aplicar este mecanismo al diálogo. Desde entonces, a veces, por la noche, cuando me meto en la cama, hago un pequeño diálogo conmigo mismo antes de dormirme que me ayuda mucho a expresar mis sentimientos en ese momento, a pensar mejor algunas ideas, a ejercitar la memoria haciendo una recapitulación de lo que me ha ocurrido durante el día, etc.

Comparto este ejercicio con ustedes porque me parece que está bien y creo que puede servirles.

Ésta fue la conversación que tuve anoche:

-Enrique, necesito hablar contigo.
-¿Lo necesitas...?
-Sí, lo necesito.
-Entonces, ¿tu vida dependería de si mantenemos o no esta conversación?
-Sí.
-Si no hablo contigo, ¿fallecerías?
-No, por supuesto que no.
-Entonces, creo que no necesitas esta conversación...
-Ah, sí, tienes razón. Cuando necesitas algo es porque te hace falta para vivir. Y no me juego la vida si no hablo contigo.
-Entonces, vuelve a empezar, pero expresándote de otra manera.
-Enrique, me gustaría, quisiera, desearía... hablar contigo.
-Mejor. Mucho mejor. Cuando le dices a alguien que le necesitas le estás poniendo en un aprieto; le estás diciendo: "Mi vida está en tus manos y si me pasa algo tú eres el/la responsable". Es decir, que no te haces cargo de ti mismo, relegas tu responsabilidad en otra persona.
-Es cierto. Además, esa expresión es muy peligrosa. Es un truco que inventó el ser humano para manipular a las personas que tiene a su alrededor y que tienen algún sentimiento hacia él.
-Bueno, dime, Enrique, ¿qué te ocurre?
-Estoy nervioso.
-Te preguntaría por qué, pero primero quiero saber cómo te sientes realmente. Déjate sentir. Cierra los ojos y date cuenta de lo que tienes dentro. ¿Te sientes nervioso solamente o te ocurre algo más?
-No, solamente estoy nervioso.
-Enrique, te conozco. A veces te escondes detrás de un adjetivo cuando en realidad quisieres decir otro o unos cuantos más...
-Estoy nervioso... Intranquilo... Estoy un poco asustado.
-¿Algo más?
-No.
-Bueno, por esta vez te creo. ¿Y por qué te sientes así?
-Es por mis profesores/as. Ya estoy en cuarto y dicen que no nos van a tratar como alumnos/as. Dicen que ya somos pedagogos/as para ellos/as, y que vamos a estar un poco solos/as a partir de ahora. Ya no quieren que tengamos mentalidad de alumnos/as; quieren que empecemos a pensar como Licenciados/as. Nos van a mandar en grupos algunos días a algún colegio a hacer investigaciones...
-¿Y eso no te gusta?
-Sí, en realidad sí me gusta. Me gusta sentir que ya no dependo tanto de mis profesores/as, que ya voy más libre y que me acerco a mi objetivo.
-Entonces me has mentido. No estás solamente nervioso, intranquilo y asustado. También debes de estar contento. ¿Me equivoco?
-No, no te equivocas. Estoy nervioso, intranquilo y un poco asustado, pero me alegro al mismo tiempo de esta situación.
-Entonces, ¿qué te preocupa? Ya has dado clases alguna vez. Ya tienes algo de experiencia...
-No, no la tengo.
-¿Cómo que no?
-Bueno, no sé. Yo me siento como si no la tuviese. Es más, es que no la tengo. Es tan poco lo que he hecho... Además...
-¿Además...?
-Además ésta vez es diferente.
-Ah, es diferente. Ese dichoso pánico que solemos tener a lo que no conocemos, a lo que es... novedoso.
Callo.
-Sí, Enrique, eso es lo que te pasa. Estás contento porque será una nueva experiencia, pero es algo nuevo y le tienes... ¿miedo?
Asiento con la cabeza, en silencio.
-¿Y por qué es nuevo? Como ya te he dicho, ya has estado con niños/as en otras ocasiones.
-Sí, pero en esas veces, excepto en las clases de ajedrez que son... que me parecen poca cosa, siempre he tenido a gente experta a mi lado, supervisándome y ayudándome.
-Ya veo. Lo que te ocurre es que a partir de ahora sientes que estás...
-... solo.
-Y eso es lo que te anima y te paraliza al mismo tiempo. Te anima porque eso te hará sentirte más libre, te hará sentirte a gusto porque eso indica que estás más preparado. Pero, al mismo tiempo te disgusta porque esta vez tú eres el único responsable de lo que haces, de ti mismo y de los/as niños/as.
-Sí, eso es lo que me pasa.
-Pues ánimo. Si te van a dejar solo es porque puedes.
-¿Y si no?
-¿Y qué te hace pensar que no? ¿Algo o alquien externo te lo dice?
-No.
-Entonces, la única piedra que hay en el camino eres tú mismo. ¿Quieres hacerte tropezar?
-No; por supuesto que no.
-Pues adelante.
-Lo intentaré.
-Como te diría el maestro Yoda: "No, no lo intentes. Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes".
-Está bien... Lo haré. No lo dudes. Gracias por escucharme. No sé lo que haría sin ti.
-¿Sin medio tú? Caminar a la pata coja...

lunes, 10 de octubre de 2011

En contra de las calificaciones.

Fíjense en los niños y en las niñas de corta edad. Fíjense en su mirada, en cómo lo observan todo con la máxima atención y una gran motivación. Corretean de un lado a otro... Observan esto y aquello... Preguntan... ¡Preguntan mucho! "¿Qué es esto?" "¿Y esto otro?" "¿Por qué...?" Muestran un interés gigantesco por aprender, por comprender, por saber. Son muy curiosos/as. Y lo mejor de todo es que no precisan de nadie que les obligue a aprender. No necesitan de nadie que les diga "Debes leer esto", o "Tienes que estudiar esto otro para la semana que viene". No. Su interés por aprender proviende de sí mismos/as. Y para mí eso es maravilloso.

Existe un refrán popular que suele decirse mucho y que reza así: "La curiosidad mató al gato". A esto, la respuesta óptima, bajo mi punto de vista, sería: "Por lo menos, el gato murió sabiendo. Usted fallecerá ignorante". Aunque bueno, para mí que la curiosidad no llegó a matar al gato, sino que le hizo más sabio.

Ignorancia... Eso es lo que más se fomenta en la escuela. Y se fomenta, pienso, por culpa de las calificaciones. Calificaciones que matan, que destruyen, ese interés natural de los niños y de las niñas por conocer. Calificaciones que evaporan la curiosidad del gato.

He conocido a personas que en la presentación inicial de una asignatura, no se preguntan: "¿Qué aprenderé?", sino que más bien, por contra, se cuestionan: "¿Será fácil aprobar con este/a profesor/a?" De hecho, tengo amigos/as y compañeros/a que me suelen comentar cuando voy a echar la matrícula y a elegir las asignaturas: "Cógete esta asignatura, que es muy fácil de aprobar. Solo tienes que ir a unas cuantas conferencias que no tienes ni por qué esuchar... y tendrás un aprobado seguro".

¿Y de qué me sirve aprobar a mí si nada he aprendido? ¿De qué me sirve a mí como futuro pedagogo una buena calificiación si al final de mi carrera no sé nada?

¡Dichosas calificaciones! Solo hacen que la gente se centre en el premio (aprobado) o en el castigo (suspenso) que recibirán tras su evaluación. Fomentan, sobre todo, la competitividad por obtener el mejor rendimiento, pero no el mejor provecho para uno/a mismo/a.

Por este motivo, opino que en Infantil, Primaria y Secundaria, no deberían existir las notas académicas (1). Deberían existir una serie de evaluaciones continuas a lo largo del curso (como ya he dicho en otras ocasiones, no estoy de acuerdo con los exámenes como instrumento para evaluar, sino con otros métodos; pero eso lo trataré en otra entrada) que sirvan para orientar al alumnado y hacerle saber cuánto ha aprendido, en qué nivel se encuentra su aprendizaje. Y para eso no hace falta una calificación. Es más, la calificación no orienta, pienso, ni lo más mínimo. ¿Qué me dice a mí una calificación alta sobre mí mismo? Muy poco... llegando incluso a nada. Puede ser que realmente sepa mucho o puede que tenga la suerte de que me hayan preguntado lo único que sabía. Pero en verdad no me dice nada sobre mí. No me aporta nada. Cuando a Juan le decimos "has sacado un 7" y a Ana "has sacado un 4", no le aportamos nada más que un número. Con ello no les decimos "Juan, has hecho esto bien y sabes esto... pero te falta por mejorar en tal cosa", y "Ana, aún te queda por mejorar, pero ánimo, que puedes aprender mucho con un poco de empeño".

No. Con las calificaciones el alumnado se queda con un número, con una simple clasificación: Tú sabes, tú no sabes; tú eres listo/a, tú eres tonto/a. Y no sólo se quedan con una absurda clasificación, sino que además... la clasificación es, para mí, inhumana, ¡y puede ser incluso extremadamente equívoca! ¿Han conocido alguna vez a un/a compañero/a que no sabían absolutamente nada de la materia, pero que copiaron en el examen y obtuvieron una buena nota? Una nota injusta y errónea; una buena calificación que muestra que ese/a alumno/a sabe, pero eso es incierto. Una calificación que no sólo no muestra nada al individuo, sino que da una idea equivocada de él/ella.

Por eso, en lugar de ponerles una nota, una marca, premiarles o castigarles con la calificación, clasificarles, opino que lo apropiado es orientar, guiar, los/as discentes, y no ponerles una etiqueta. Considero más apropiado estar junto a los niños y las niñas, y ofrecerles un buen y verdadero conocimiento de sí mismos/as; orientarles en su proceso de aprendizaje; hacerles partícipes del proceso de enseñanza-aprendizaje; hacerles partícipes de la evaluación, evaluándose también ellos/as, auto-criticándose (de forma positiva y constructiva); ayudarles a darse cuenta de qué saben y qué no; mostrarles cómo pueden mejorar y crecer.

Y así, no tendremos que motivarles para aprender... sino que tan sólo tendremos que mantener viva la llama del interés natural que ya reside en ellos/as.


Notas:

(1)- Con esta entrada me refiero exclusivamente a Educación Infantil, Educación Primaria y a Educación Secundaria, porque en los niveles formativos el aprendizaje ya no es sólo para uno/a mismo/a, sino que además el hecho de que alguien sepa o no sepa influye en las demás personas. Me explico: si yo sé quiénes son Isaac Newon y Simone de Beauvoir, es algo que me repercute a mí; pero si yo obtengo el título de Licenciado (o ahora con el nuevo Plan Bolonia, el de Graduado) en Medicina y no conozco nada de medicina, puedo fácilmente acabar con la vida de otra persona. Por este motivo, en Formación Profesional y en la Universidad, niveles de estudio en los cuales el conocimiento o no de algo puede repercutir seriamente en la vida de los/as demás, sí creo conveniente clasificar de algún modo quién está preparado/a y quién no para ejercer la profesión. 



"El que sólo busca la salida no entiende el laberinto, y aunque la encuentre, saldrá sin haberlo entendido" (José Benjamín).

sábado, 8 de octubre de 2011

lunes, 3 de octubre de 2011

La educación feminista y la libertad de elección.

Los varones y las mujeres no somos iguales. Eso es algo de lo que no me cabe la menor duda. Y es algo con lo que estoy absolutamente de acuerdo con los y las feministas de la diferencia. Lo único en lo que estoy de acuerdo con ellos/as. Y es que hay un factor que olvidan los/as feministas de las diferencias, y es por ello por lo que difiero tanto con estas personas: olvidan que tampoco somos iguales entre todos los varones y que tampoco son iguales entre todas las mujeres. Es decir, que las personas somos individuos únicos e irrepetibles en el mundo.

El feminismo de la diferencia se equivoca en dividir la especie humana en dos grupos, varones y mujeres, y en base a esta dicotomía nos atribuyen una serie de características diferentes a cada sexo. Según las y los feministas de la diferencia, o mejor dicho, según las personas sexistas, los varones somos todos, sin excepción, fuertes, brutos, insensibles, competitivos, agresivos, nos gusta trabajar y no dedicarnos al cuidado de nuestras crias, adoramos a las mujeres maquilladas y con tacones altos, etc, etc. Asimismo, según estas personas, las mujeres son todas dulces, sensibles, débiles, tiernas, rebosantes de amor, sólo piensan en el cuidado de sus hijos/as y nunca en el sexo, etc, etc. Y esto es un error. Lo cierto es que, como dije al comienzo, cada ser humano es un ser único e irrepetible. El simple hecho de nacer hombre o de nacer mujer no determina ni nuestro temperamento, ni nuestros gustos, ni nuestros deseos. En todo caso, en un principio podría condicionar, pero nunca determninar. Nada tengo yo que ver con Adolf Hitler, ni con Stalin, ni con Leo Messi, ni con Orlando Bloom. Nada tiene que ver mi abuerla con Julia Robers, ni con María Montessori, ni con Hipatia de Alejandría, ni con Valerie Solanas, ni con Angela Merkel.

"Yo soy yo y mis circunstancias", decía el filósofo José Ortega y Gasset. ¡Y cuánta razón tenía!

Podría presentarles a varios varones sensibles, tiernos, cariñosos, que se fascinan ante los/as bebés y que están dispuestos a tomar una baja por paternidad... Y, a su vez, podría mostrarles ejemplos de mujeres que maltratan a sus hijos/as, que son brutas, insensibles, competitivas, etc. Por si así lo desea, para hallar pruebas de estas diferencias de carácter individual e impulsados por la cultura y la educación, y no por la naturaleza, le recomiendo, entre otras muchas que podría citar, la lectura de los estudios sociológicos de Margaret Mead. Dos libros que me parecen sumamente interesantes de esta mujer, son: Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, y Sexo, adolescencia y cultura en Samoa.

Así pues, con esto queda claro que no habríamos de hablar de hombres y mujeres, o mejor dicho, no deberíamos hablar del varón y de la mujer (porque es lo que hacen las personas sexistas y los/as feministas de la diferencia: hablan del varón, refiriéndose al conjunto de los hombres; y de la mujer, generalizando a todas las mujeres, cuando realmente lo que pretenden es hablar por sí mismas. Lo que quiero decir es que un hombre o una mujer deja de ser, para estas personas, un hombre o una mujer, para dar lugar al hombre y la mujer, como conjunto estereotipado). En su lugar, pienso, haríamos bien en hablar de personas, de seres humanos.

Pero lo peor, bajo mi punto de vista, se encuentra no sólo cuando se nos atribuyen una serie de supuestas caracterísitcas que tenemos por el mero hecho de ser varón o mujer. Lo peor viene cuando llegan a más: cuando nos insertan dentro de un papel fijo, preestablecido e inamomible; cuando nos introducen en una serie de roles que debemos cumplir sólo por tener pene y testículos o vagina y clítoris.

¿Por qué yo, por haber nacido varón, he de dedicarme exclusivamente a proveer dinero para mantener a mi familia mientras mi pareja se dedica al cuidado de la casa? ¿Por qué mi pareja, por el simple hecho de ser mujer, debe dedicarse exclusivamente a las labores domésticas? Ojo, por favor, fíjense en que no estoy diciendo que la mujer deba trabajar mientras el hombre debe cuidar a sus hijos/as, ni que esté mal que una mujer sea ama de casa. A lo que me estoy refiriendo es a por qué ese papel fijo debe darse en todo varón y en toda mujer siempre, sí o sí, y sólo porque lo diga la sociedad. ¿Y si yo quisiera coger una baja por paternidad? ¿Y si mi pareja quiere trabajar? ¿Y si ambas partes, mujer y hombre, desean desempeñar ambos roles? ¿Y si ni el hombre ni la mujer quieren tener hijos/as y exclusivamente quieren elegir, libremente, la opción de trabajar? ¿Y si una familia opta por mantener los roles tradicionales pero de forma invertida? Y, por qué no, ¿qué malo habría en que una familia decida tener la postura tradicional?

Por supuesto, existen ciertas diferencias entre hombres y mujeres que sí son generales a cada sexo. Por ejemplo, las mujeres pueden gestar y parir, mientras que los varones no (y esto sin tener en cuenta que no ocurre tampoco este hecho en todas las mujeres. Las hay estériles o infértiles, y eso no las convierte en varones). Ahora bien, este hecho no debería implicar la obligatoriedad de llevar a cabo la función biológica.  Si una mujer no desea ser madre, no desea gestar y parir un/a hijo/a, ¿por qué habríamos de obligarla? ¿Porque es mujer y "es su función"? No. Indudablemente, para mí la posibilidad de hacer algo biológicamente no debería implicar tener que desempeñar la función de forma obligatoria. No quiero pensar lo que debe suponer para una mujer un embarazo no deseado (que no es lo mismo que un/a bebé no deseado/a. Puede no desearse tener la criatura en ese momento pero sí quererle); y mucho menos quiero pensar lo que ha de ser un parto no deseado (parir hay que hacerlo con tranquilidad, con la mente fija en ello, siendo respetada... Y si una mujer no desea hacerlo, no va a estar muy a gusto durante este proceso). Tampoco creo que a todos los varones, por mucho que digan que "a todos los hombres les encanta trabajar y sentirse importantes, aunque eso conlleve no permanecer junto a su cría, les encante pasar veinte horas trabajando y alejado por su familia (creo que la prueba de esto que digo está en que hay varones que piden derechos para los trabajadores y las trabajadoras). O por lo menos, a mí no me gusta (añado que a mí no, porque no quiero generalizar y cometer el mismo error de las personas sexistas).

El hecho de que un varón no pueda gestar o parir, no debería significar que los varones estén obligados a trabajar y a no poder cuidar de su prole. Si ese es el deseo de éste, y, más aún, de la pareja, ¿por qué prohibírselo? Criar, cuidar y educar a un/a bebé no es sólo cuestión de dar el pecho o haberlo parido. También necesitan caricias, protección, besos, cuidados básicos, amor, abrazos... Y esto son tareas que perfectamente pueden desempeñar los varones.

Y es que, al fin y al cabo...

La educación debe estar dirigida, bajo mi punto de vista, hacia la formación del individuo como persona, como ser humano, con una buena base moral, intelectual, física... y debe estar orientada siempre hacia la libertad del mismo. El fin último de la educación, pienso, debe ser la persona misma y no otro.

Empero, en un mundo en el que se segregan a las personas en función de su sexo (varón o mujer), en un mundo regido por las pautas sexistas o de los/as denominados/as feministas de la diferencia, la libertad no es posible, en tanto que el hombre y la mujer han de desempeñar unas funciones que no han elegido por su propia cuenta, sino que se les han sido impuestas por la sociedad, en primer lugar mediante la educación desde su niñez, y seguidamente mediante la promulgación de leyes que dificultan la elección (apenas hay bajas por paternidad, piensan dar una paga a las amas de casa pero no a los amos de casa en caso de haberlos o de querer haberlos, etc).

Por ese motivo opto por el feminismo de la igualdad. Y no es porque piense que hombres y mujeres somos iguales; como ya dije al inicio, somos diferentes. No es porque desee que todas las mujeres, sí o sí, vayan a trabajar. No es porque quiera que todas las mujeres, sí o sí, dejen a sus hijos/as únicamente en manos de sus parejas. No es porque desee que el hombre y la mujer se dediquen a la vez al trabajo y a las tareas domésticas de forma obligada. Ya lo digo y lo dejo bien claro: para mí, tanto el trabajo como el cuidado de una familia son funciones igual de importantes. Si no hubiesen personas a cargo de los niños y las niñas, las pobres criaturas no sobrevivirían. Y, al mismo tiempo, si no hubiesen personas que trabajan fuera del hogar, la sociedad no podría permanecer en pie.

Yo opto por el feminismo de la igualdad, porque es el feminismo que me trata como persona y no como varón, y por ende, no me introduce dentro de un grupo de características fijas, lo cual me lleva a tener la libertad de elegir lo que quiero hacer en mi vida. Opto por el feminismo de la igualdad  porque es el que me trata realmente por igual a una mujer; porque es el feminismo que no me hace desaparecer (para el feminismo de la diferencia no existen los hombres, sino "el hombre"; y tampoco existen las mujeres, sino "la mujer", y has de cumplir con lo que se te dice, porque si no eres un "hombre-mujer" (afeminado) y una "mujer-hombre" (machorra). ¡Qué tontería!).

Opto por el feminismo de la igualdad porque es a éste gracias al cual niños y niñas tienen el mismo currículum en la escuela, es decir, ambos sexos pueden estudiar matemáticas, lengua y literatura, conocimiento del medio, inglés, educación física... en vez de separarlos en "los chicos estudian química y las chicas costura y economía doméstica" (por cierto, no entiendo por qué estas asignaturas no se estudian en el Instituto. Siempre he pensado que a los/as jóvenes nos venría bien que nos enseñasen a desenvolvernos de forma autónoma cuando nos independicemos).

Opto por el feminismo de la igualdad porque es el que me permite estudiar pedagogía y estar con niños/as (tarea atribuida a las mujeres) mientras mi pareja estudia una ingeniería (labor socialmente asociada a los varones).

Opto por el feminismo de la igualdad porque es el feminismo que me permite elegir mi vida como individuo y no mi vida como varón.

A las personas que promuevan que los varones en general y las mujeres en general somos diferentes, en vez de tratarnos como a seres humanos individuales, solamente les pregunto: 

¿Por qué los niños y las niñas no podrían elegir jugar al balón o a las muñecas? 
¿Por qué los niños y las niñas no podrían elegir de qué color quieren vestir? 
¿Por qué los hombres y las mujeres no pueden elegir, sin que nadie les mire mal y les señale con el dedo, a qué quieren dedicarse? 
¿Por qué no una sociedad en la que no haya roles fijos, sino, en su lugar, roles opcionables e incluso rotables?
¿Por qué no una sociedad en la cual al varón y a la mujer se les den las mismas oportunidades, los mismos derechos, y el mismo respeto como persona y no como hombre o mujer? 

¿Por qué no una sociedad basada en el amor, la igualdad de trato y la libertad?
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