domingo, 24 de mayo de 2015

Cuando tus derechos se deciden en las urnas.

Ayer, en Irlanda, se votó en Referéndum por el matrimonio homosexual, con resultado favorable.

Por un lado me alegro. Me alegro porque todas las personas tienen derecho a decidir con qué cabeza (o cabezas) la almohada compartir. Me alegro porque lo importante no es la orientación sexual de esas personas que se aman y quieren estar juntas, sino que lo importante es que decidan unirse por deseo propio y con total libertad. Me alegro porque es un avance más en la consolidación de una sociedad donde los derechos humanos son respetados.

Pero por otro lado, me fastidia.

Sí, me fastidia. Y mucho. Porque me repatea hasta las entrañas que los derechos de las personas se decidan en unas urnas. Porque lo que es un derecho personal que no deber ser arrebatado ni decidido por nadie, se sometió a votación popular.

Olé. 

El si eres inferior o un/a igual, es algo que puede depender de la aprobación o el rechazo de otra gente. 

El si puedes elegir ser o no ser madre, es algo que en este mundo lo decide el resto.

El si tu hijo o hija va a poder estudiar en la Universidad, lo votan "representantes" en un Congreso.

El si puedes donar o no sangre es algo que puede ser elegido por un Gobierno, emitiendo un voto.

El si la sociedad se rige por políticas al servicio de la ciudadanía o si la ciudadanía debe estar sometida a los intereses políticos de las élites, se decide echando un papel en una urna.

El si puedes juntarte o no con la persona que tú amas es algo en lo que tu vecina o vecino, al parecer, puede opinar.

Es un asco. Los derechos humanos no se votan; se respetan. Todo el mundo debería tener derecho a hacer lo que le salga de las narices con su propia vida, siempre y cuando no interfiera en la libertad y en los derechos del resto de la gente.

El que yo decida "libremente" explotar a niños y niñas de Tailandia para que me fabriquen durante 12 horas seguidas unas camisetas, por supuesto que debe estar prohibido, porque eso no es libertad, sino libertinaje, lo que me hace irresponsable y un violador de los derechos humanos.

Indignante campaña contra el matrimonio igualitario, que reza:
"El amor de una madre es irremplazable. Vota no".
Pero el si me caso con una mujer, un varón, una persona transexual, alguien que se considere queer... ¿a quién le importa?

Si quiero donar sangre y tengo tal o cual orientación sexual, ¿qué tiene de importante?

De verdad, me repatea que la gente aún no sea capaz de concebir que no hay que meterse en los asuntos que no nos llaman. Me molesta esa educación "democrática" por la cual la mayoría tiene "derecho" a elegir la vida de la minoría. 

¿Qué? ¿Ahora las personas que caminamos a pata por la calle podemos decidir si la gente que va en silla de ruedas tiene derecho o no a que se construya una rampa en una escuela para que puedan acceder a ella?

Me parece una vergüenza. Estoy hasta las narices de la Democracia... de la dictadura de la mayoría, donde las minorías sociales dependen de la bondad y misericordia de quienes son más, para poder disfrutar de una vida digna y feliz.

A ver si aprendemos de una vez por todas que los derechos no se votan. ¡No se votan! Se dan y punto. Y a quien no le guste, que no mire. 

Siempre he tenido claro que la educación debe basarse en el diálogo y el acuerdo, de modo que el alumnado y el profesorado tomen decisiones en conjunto. Pero que no me digan que es votable el si se le puede golpear o no a un o una discente; que no me digan que es votable si una persona con Síndrome de Down tiene o no derecho a estar en mi clase; que no me digan que es debatible si debería segregar una escuela en función del sexo; que no me digan que si debo tratar como iguales o no a los alumnos y las alumnas homosexuales es algo que puede depender de un voto.

Porque no. Hay cosas que son indiscutibles. Y colocar los derechos de las personas en una urna... me parece una vergüenza.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...