martes, 23 de junio de 2015

Por qué la violencia machista merece atención aparte.

Recuerdo que cuando cursaba las prácticas de 5º de Pedagogía en un colegio de Getafe, tenía un alumno, Adrián (nombre ficticio) y una alumna, Sara (nombre también inventado), que jugaban muy pero que muy mal a la pelota (aunque no tan mal como yo, jaja).

Un día, durante la hora del recreo, hablando con él y con ella, me percaté de algo curioso: él había asimilado, a través de las críticas de sus amigos durante los partidos de fútbol, que era muy malo practicando ese deporte simplemente porque se le daba mal, pero que algún día aprendería; ella, por el contrario, había aprendido que era mala jugando al fútbol no por una cuestión de falta de habilidad... sino porque era niña.

- "Soy una chica" - me dijo-. "Y las chicas no sabemos jugar al balón. ¿Qué le vamos a hacer?".

Por supuesto, no dudé un instante en trabajar con ella para hacerla ver que el hecho de que fuese niña no la incapacitaba en absoluto para hacer lo que quisiese.

Pero ése es otro tema.

En lo que quiero centrarme es en cómo aunque tanto Adrián como Sara sufrían los reproches de sus compañeros (Sara era la única de su clase a la que le interesaba el fútbol, por lo que los insultos y las críticas las hacían niños) cada vez que intentaban jugar al balón, la más perjudicada había sido ella, en tanto que el origen y la causa de los reproches eran diferentes. De lo que quiero hablar en esta entrada es sobre el análisis de cómo los constantes "No puedes jugar bien a la pelota porque eres una chica" habían llevado a aquella niña a tener falta de confianza en sí misma para ciertas actividades, como el fútbol; y, básicamente, sobre por qué la violencia contra una mujer por el hecho de que es mujer, es más grave que el padecer violencia puntualmente o por una causa externa a tu persona.

Ciertamente, Adrián lo había pasado mal, sufriendo burlas por su falta de  habilidad en el fútbol. Me contó que había discutido muchas veces, que había llorado y que alguna vez se había abstenido de jugar por miedo, "a hacer el ridículo y ser criticado".

Pero había una diferencia clave entre Adrián y Sara a la hora de enfrentar el tema: él pensaba que podía llegar a ser capaz de jugar bien algún día; ella, por el contrario, se consideraba completamente inútil para ese deporte y había abandonado toda esperanza de llegar a ser una buena jugadora de fútbol. Ella no quería ni siquiera volver a intentarlo. Era una chica y, por tanto, no podría nunca llegar a jugar bien. De eso estaba convencida.

Es decir: aunque Sara y Adrián habían sufrido por el mismo tema, la causa y los daños habían sido muy diferentes. La situación de Sara era más delicada.

Adrián sabía que el problema estaba en él, pero no en el hecho de ser quien él era. Él podía aprender; podía llegar a ser capaz de jugar bien; tenía confianza y esperanza en que algún día quizá no volvería a ser criticado por su mala habilidad con el balón.

Sara se veía incapaz no porque nadie la hubiese enseñado a jugar al fútbol, sino por ser lo que ella era: una chica. Y como chica, estaba destinada a nunca, nunca, poder jugar bien.

El problema estaba en ella... para siempre.

Adrián podía cambiar la situación; tenía la posibilidad de hacerse con el control del balón, de su juego, de sí mismo. Sara, por el contrario, simplemente creía que era torpe por naturaleza y que fuese a donde fuese, practicase lo que practicase... no podría cambiar el hecho de que ella era chica, razón por la cual sería inepta y por tanto criticada de por vida.


Hay quienes pretenden hacernos pensar que el hecho de que un hombre golpee a una mujer es exactamente igual de grave que el hecho de que una mujer agreda a un varón.

Y no es así.

Ambas violencias son igual de importantes de erradicar; pero el origen, las características y las causas son diferentes.

"Violencia es violencia", dicen. Sí, violencia es violencia; pero no todas las violencias causan los mismos daños.

Al igual que no es lo mismo darle un golpe sin querer, por un descuido, a alguien mientras paseas por la calle que empotrarle intencionadamente la cabeza contra la pared a una persona, no es lo mismo sufrir una agresión casual o desafortunada que sufrir una agresión por ser quien eres.

Si al salir de la tahona te roban el pan, no por ser tú, sino porque esa persona que te roba es extremadamente pobre y pasa hambre, el suceso te afectará y la próxima vez tendrás más ojo al salir de la tienda, pero no te sentirás mal contigo/a mismo/a. Achacarás la culpa a la sociedad clasista en la que vivimos, a la crisis económica, a quien te ha robado... pero no a ti.

Sin embargo, si al salir de la tahona, quien te roba te dice: "Hola Fulanito / Menganita, me llevo tu pan porque a la gente de mi barrio y a mí nos caes muy mal y pensamos seguir robándote porque te lo mereces", seguramente tratarás cambiar de tienda o irás a la tahona de siempre con miedo. 

En este segundo caso, el suceso te afectará más. El daño será mayor, porque además se supone que "la culpa es tuya", que el robo no es puntual, sino porque tú eres tú.

Así, un varón agredido por una mujer que no tiene poder sobre él, será considerado víctima de una loca, histérica, mala persona. Puede que él acabe teniéndole miedo a esa mujer en específico, pero no le tendrá miedo a las mujeres en general. Al fin y al cabo, el problema estaba en aquella mujer, no en él.

Al fin y al cabo no hay un sistema estructurado que va en contra de él como varón que es.

Cuando una mujer sufre la violencia machista, cuando una mujer es agredida por un hombre por ser mujer, el problema no lo recibe como un caso puntual, como una agresión procedente de un loco, histérico, mala persona... el problema lo recibe como si ella fuese la responsable, y sufriendo la presión de todo un sistema que la hace más vulnerable y va contra ella, por ser mujer.

"Soy mujer" -piensa-. "Y no puedo evitarlo. Por lo tanto, vaya donde vaya, esté con quien esté, haga lo que haga... siempre podré ser agredida. Porque soy mujer. Y punto".

Los daños de la violencia de género no son puntuales; no se borran con el tiempo; no son vistos como hechos fruto de gente sin corazón. Esos daños permanecerán ahí de por vida, y siempre quedará la espina de la auto-culpa, creada por una sociedad patriarcal que todos los días te dice que "Te violaron por puta, por llevar minifalda, por mala mujer que quiere provocar"; o que "Si te pegan, algo habrás hecho, como hablar con otros hombres o no tener la comida puesta sobre la mesa cuando tu marido llega del trabajo".

El origen, las características y las causas de la violencia contra las mujeres no es igual que la violencia que padecen los varones; y, al igual que la violencia racista, homófoba, adultista, animalista, xenófoba... la violencia machista se sostiene por un sistema jerárquico, el cual, en este caso, sitúa a los hombres en una posición dominante y a las mujeres en una posición de inferioridad.

Todo tipo de violencia está mal, la lleve a cabo quien la lleve a cabo y la sufra quien la sufra.

Pero no nos andemos con tonterías: hay violencias que causan daños más allá de los que se pueden ver; hay violencias que están consentidas y apoyadas; hay violencias que se sostienen en un sistema que las perpetúa; hay violencias que merecen atención a parte y por ende ser combatidas específicamente, sin incluirlas como violencia en general.
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