martes, 25 de octubre de 2016

¿Pueden los grupos opresores hablar sobre los grupos oprimidos?

No son pocas las veces que he escuchado frases de este tipo:

- ¿Qué hace ese maldito pijo hablando sobre socialismo? ¡Que se vaya a la mierda!

- ¿Una persona hetero hablando sobre derechos para las personas homosexuales? ¿Y después qué: un blanco hablando sobre anti-racismo?

- ¡Que te calles, que eres hombre! ¡No necesitamos que hables de feminismo!

- Las mujeres occidentales no pueden hablar sobre el velo islámico o el burka.

Y un largo etcétera.

Así que, a raíz de esto, estuvimos Kuxille (mi compañera) y yo pensando una cuestión que debatimos largo rato. Y ella me ayudó a llegar a una conclusión: que sí, que los grupos opresores sí pueden hablar sobre los grupos oprimidos. Es más, como dice ella, no es simplemente que puedan: es que deben hacerlo.

Los movimientos sociales no son un simple conjunto de opiniones. Son una lucha por los Derechos Humanos y, por consiguiente, un acto de moralidad.

Una persona con una moralidad en pos de la equidad y la libertad no puede ni debe quedarse parada y callada. Su deber es hacer algo; aunque ese algo sea solo dar apoyo. Pero no hacer nada nos pone en el lado del grupo opresor.

Ya sé que más de uno o una tendrá ganas, dicho lo dicho, de aporrear el teclado y venir a tirarme de las orejas. Pero voy a explicar lo que ella me contó y luego ya si queréis debatimos.

Hay que tener, antes de nada, una cosa clara; partir de una premisa bastante razonable: lo importante no es quién lo dice, sino qué es lo que esa persona dice.

En Filosofía, se entiende por falacias Ad hominem y Ad verecundiam lo siguiente:

- Falacia ad hominem: Consiste en sostener que el argumento esgrimido por una persona no es válido por ser quien es. Por ejemplo: 

"Lo que una feminista occidental opine sobre el velo islámico es inválido porque no es musulmana y no tiene ni idea de lo que está hablando".

"Eres hetero y la gente hetero no sabéis lo que las y los homosexuales sufrimos".

Decir que lo que una persona en concreto comenta, que el argumento que expresa, no es válido, porque es varón, mujer, heterosexual, homosexual, transexual, de Italia, de China, de Marte... es una falacia ad hominem. Se está invalidando ese comentario absurdamente.

Bajo esta falacia, no podría haber docentes hablando sobre educación en valores, por ejemplo. Bastaría que quien imparte la asignatura tenga más dinero que su alumnado para que no estuviese habilitado para hablar de clasismo; o que fuese varón para no hacerles ver el machismo; o que fuese una persona blanca para que no pudiese explicar contra el racismo.

De hecho, ¿tendría sentido que una persona a favor de la tauromaquia dijese a algún anti-taurino o a alguna anti-taurina: "Oye, sino eres el toro, cállate la boca que tú no sabes si el toro sufre o no. A lo mejor le gusta"? Sería absurdo, ¿cierto? Pues invalidar un argumento en base al sexo, la etnia, la nacionalidad, la orientación sexual... también.

- Falacia ad verecundiam:  Consiste en sostener que quien habla tiene la razón por ser quien es. Por ejemplo:

"Si lo dice ella, que es prostituta, tendrá razón; y no la abolicionista que no ha vivido esa experiencia".

"Solo cuenta lo que se diga sobre el velo islámico quienes llevan el velo islámico".

Esta postura es también absurda. Si solo se pudiese hablar de un hecho en concreto bajo la premisa de haber vivido esa experiencia o pertenecer a un grupo en concreto, entonces las mujeres que nunca han sufrido un aborto no podrían opinar sobre el aborto, sino solo las que hayan abortado. Daría igual que seas mujer, porque total, "si no has vivido la experiencia de abortar, no puedes opinar sobre el aborto"

Tampoco se podrían defender los derechos de los animales, porque bajo esta postura habría que esperar a que los animales hablasen y se liberasen por sí mismos.

Un hombre jamás podría hablar sobre violaciones sufridas por varones, porque, total, "si no ha sido violado, tú qué sabes".

Así pues, dejémoslo claro: lo importante no es quién dice esto o aquello, sino qué es lo que está diciendo. Lo importante no es la persona que habla, sino el argumento.

Es decir, que, como me comentó mi pareja, a lo primero que hay que atender es a la razón; al uso de la sensatez y el sentido común. Si una mujer que se dice feminista dice algo que puede considerarse una auténtica burrada; si un negro o una negra hace un análisis que puede dislumbrarse como totalmente equivocado; si una obrera o un obrero dice una barbaridad... y tales ideas, según parecen, nos alejan de lo que constituye la realidad del sistema, hay que escucharlas, sí, pero no tomarlas como verdaderas porque sí.

Una vez que partimos de este punto, hay que dejar claras 3 cosas claras para que las opiniones de los grupos opresores no hundan la lucha que ejercer los grupos oprimidos:

1- En cuanto a lo personal, solo las personas en concreto pueden tomar las decisiones. Una cosa es opinar sobre un hecho y otra bien distinta es imponerte o atacarte por ese hecho. Es decir, sí, una feminista atea y occidental puede expresar su opinión sobre el velo islámico, pero solo las mujeres musulmanas pueden decidir si ellas llevan o no el velo, y nadie puede imponerles quitárselo o ponérselo, pues es su decisión.

2- Aunque las personas privilegiadas sí pueden o tienen derecho a hablar de las opresiones y los movimientos de liberación, lo que no pueden ni deben hacer es liderar, tomar las riendas, de los movimientos de sectores oprimidos; y menos aún eclipsar a las personas que conforman un colectivo oprimido, acaparando la atención y el diálogo. Está claro que los intereses de los grupos privilegiados están confrontados con los intereses de los colectivos oprimidos; y hasta la persona más bienintencionada puede acabar esgrimiendo ideas, aunque tan solo sea inconscientemente, a su favor, si se le da el poder (como el o la socialista que una vez pasa a formar parte del Gobierno, deja de ser tan radical contra el capitalismo y el clasismo, porque ahora está en el poder). Y está claro también que, desgraciadamente, la sociedad tiende a dar la razón, ejerciendo la falacia ad verecundiam, a los grupos opresores (por ejemplo, es más fácil que se le dé la razón a un varón solo por ser varón que a una mujer)

3- Esas opiniones esgrimidas por las personas privilegiadas deben estar siempre sujetas a una perspectiva crítica, por lo anterior: parte de su discurso puede velar por sus propios intereses.


Está claro, y esto es indudable, que las únicas personas que pueden saber lo que es la experiencia de ser mujer, son las mujeres; las únicas personas que pueden saber lo que es ser homosexual, bisexual... son las homosexuales, bisexuales; las únicas personas que saben lo que es no tener piel blanca, son las negras, mestizas, etc; y, por ende, sus opiniones, testimonios... han de escucharse, respetarse y tenerse, claramente, en cuentaSin embargono hay que dar la razón a lo tonto y porque sí. Que una mujer sea mujer, que una persona negra sea negra, que un o una transexual sea transexual, no quiere decir que tenga razón siempre, automática y sistemáticamente. Perfectamente su opinión, su análisis, puede no ser acertado; puede no corresponder con la realidad. Y puede ocurrir, por el contrario, que una persona del sector privilegiado, sí esté dando un análisis acertado de cómo funciona el sistema.

Os dejo algo que escribió la Twittera, feminista y comunista Ayme (1):





Al fin y al cabo, una persona pobre de derechas no va a tener más razón que una persona rica que promueva el anarquismo; un o una homosexual que dice que la bisexualidad es una confusión, una patraña, no va a tener más razón que una persona hetero que respeta todo tipo de orientación sexual; y una mujer que llega a ser Presidenta del Gobierno y quiere quitar el aborto no va a tener más razón por ser mujer, que el varón feminista que quiere ponerlo legal y gratuito para todas.

Fuente:

(1)- https://twitter.com/_ayme/status/774018866326286336?lang=es

lunes, 10 de octubre de 2016

Cómo promover tus ideas con eficacia.

Recuerdo, ya hace años, una noche en la que quedamos los amigos y las amigas para cenar. Aquella noche, entre otras cosas, hablamos de política. Recuerdo que estaban próximas unas elecciones y uno de mis amigos dijo que votaría a la derecha. A esto, indignado, dije: "Joder... ¡Que eres trabajador, bolo! ¿Cómo vas a votar a quienes van contra ti?".

Estaba bastante indignado, la verdad, y en el camino de vuelta decidí ir hablando con otra amiga, pues compartíamos ideas, y con ella no me frustrada al hablar.

Recuerdo que una de las cosas que le dije a aquella amiga con quien compartía ideología, fue: "No entiende nada".

"No entiende nada". ¡Ay, cuánta verdad en esa frase! ¿Es que no nos damos cuenta? A veces, con tanto lenguaje técnico, con tanto argumento rebuscado y adaptado a los colectivos de lucha en donde se sabe de qué se está hablando, con tantos símbolos... lo que conseguimos es que la gente no entienda nada de nada.

A veces me río cuando veo, por ejemplo, un vídeo de Alberto Garzón, Coordinador Federal del partido español Izquierda Unida - Unidad Popular, en el que sale hablando sobre anti-capitalismo, patriarcado, feminismo, ecologismo, etc, mientras levanta el puño en mítines llenos de banderas comunistas.

Me gusta oírle hablar; dice muchas cosas con las que estoy de acuerdo y que me encantan. Pero me río. Me río porque quienes militamos contra el capitalismo, contra el patriarcado, contra la homofobia... entendemos su discurso, y nos puede resultar dulce y placentero como la miel; nos puede agradar ver a alguien luchando por los derechos de los colectivos oprimidos; pero me percato de un grave error en todo ese lenguaje rebuscado y formal: que la mayoría social a la que dice dirigirse, no entiende nada. O lo que es peor: llegan a entender cosas equivocadas.

Hacer una lucha por los derechos implica lo que su nombre indica: una lucha. Cuando hay una lucha, un choque de fuerzas e intereses, inevitablemente alguien tiene que salir perdiendo. O se pierde la posibilidad de alcanzar esos derechos, o se pierden privilegios.

Y una cosa nos quede clara: llevamos años y años de derrota. Pero es que una política que no se basa en el equilibro justo, en la repartición de poder, sino en una confrontación 'autoridad versus libertad' y 'desigualdad versus equidad', la derrota por parte de alguien es inherente. Y tenemos que aceptarlo. Punto, no hay más: estamos perdiendo la lucha; llevamos años perdiéndola. Hemos ganado territorio, sí, pero cada mañana en la que el conjunto de la clase obrera se levanta para darle la plusvalía a la patronal, cada vez que una mujer es asesinada a manos de su pareja, cada vez que insultan a un niño llamándole "maricón", cada vez que dicen "primero los de casa", nos puede quedar claro que a pesar de los avances, aún siguen ahí el racismo, la homofobia, la misoginia, el clasismo... la derrota está ahí presente.

Somos la mayoría; el poder y el futuro podría ser nuestro. Y sin embargo, a duras penas avanzamos en cosas. ¿Y todo por qué? Porque la mayoría social no está unida. No está unida porque la mayoría social entiende las ideas enemigas, peo no las nuestras.

Mi amigo decía que votaría a la derecha porque comprende su discurso; prefiere a la derecha; simpatiza con la patronal. Entonces, lo que tenía que hacer aquella noche no era darle materialismo dialéctico, sino hacer que me entendiese y simpatizase conmigo.

Sí, ya sé, ya sé que para entender la historia, el lenguaje técnico, el análisis de las claves... son importantes. Pero tenemos que ir directo y al grano para que nos comprendan. Nos se puede pretender soltar palabras raras y gesticular mucho y esperar que alguien que parte de base cero capte todo cuanto pretendemos comunicar.

Dejémoslo claro:

Cuando una o un feminista da un discurso en un congreso feminista y usa la palabra Patriarcado, todas y todos entienden a esa persona.

Cuando alguien dice algo sobre el TTIP en una conferencia anti-capitalista, todo el mundo que allí se encuentra sabe de qué está hablando, o puede entender a lo que se refiere.

Cuando alguien ve una letra A circunscrita o una bandera rojinegra en el Sindicato de la CNT, quien pasa, sabe qué significan esos símbolos.

Cualquier persona perteneciente o mínimamente interesada en una lucha, sabe de qué se está hablando dentro de esos círculos.

Pero no todo el mundo entiende.

No todo el mundo está dentro de las luchas.

No todo el mundo tiene tiempo para pararse a leer, escuchar, comprender, luchar.

No todo el mundo sabe qué simbolizan exactamente la hoz y el martillo.

No todo el mundo sabe que la bandera arcoíris representa al colectivo LGTB y no solo a gays y lesbianas.

No todo el mundo sabe qué es un sistema.

No todo el mundo te entiende cuando dices la palabra Patriarcado.

Y aquí está el problema.

"No entiende", dije aquella noche. Y era verdad. Mi amigo no me entendía. Y no porque no quisiese entender (que a veces ocurre), no porque estuviese cegado por la cultura en la que ha sido educado (que también puede pasar), sino porque yo no me hacía explicar.

Me comunicaba con palabras tales como anarquismo, anti-capitalismo, lucha obrera, clasismo; hablaba de símbolos como el puño en alto, la bandera negra con la A dentro de un círculo o la rojinegra anarco-sindicalista... Y nadie me entendía.

Podía estar dando el mejor argumento del mundo; podía estar soltando el discurso más maravilloso; podía estar diciendo la verdad de las verdades... Pero perdía menos el tiempo yendo a dormir.

Y es que la cuestión no está en tener razón; la clave está en llevarse la razón. ¿Y cómo se hace esto? Cumpliendo dos requisitos:

1- Conseguir que te entiendan.

2- Conseguir que se identifiquen con lo que dices.

A veces, para promover tus ideas, tienes que renunciar, sí, renunciar, a usar un determinado lenguaje y a tus símbolos. Porque puedes llevar la bandera morada más grande de todas, puedes pasarte medio día con el puño alzado, puedes dar una batucada en una manifestación o poner la música a todo volumen en la fiesta del Día del Orgullo... que si no te entienden, lo único que conseguirás es que se rían de ti. Sí, se reirán de ti. Te mirarán mal. Y tu enemigo o enemiga estará en su sillón tomando tranquilamente un té con pastas, sin miedo a que vayas a cambiar algo; sin miedo a que la sonrisa cambie de bando.

Porque cuando alguien levanta el puño, sale con un pañuelo rojo a la calle, pone una bandera arcoíris en la ventana, o dice las palabras ecologismo y anti-racismo, está haciéndose ver, y eso está bien, no lo voy a negar; pero no tiene por qué estar cambiando nada. Y no tiene por qué estar cambiando nada porque llevamos años y años de lucha perdida. El enemigo se ha apoderado de los símbolos. Mucha gente compra la careta de V de Vendetta o una camiseta del Ché Guevara sin saber ni siquiera qué simbolizan. Se han vuelto algo comercial y han perdido su fuerza y valor. Pero ahí seguimos, reivindicando esos símbolos. Cada vez que alguien que no tiene ni idea de qué va el anarquismo ve una A dentro de un círculo, lo primero que piensa es que es un o una joven anti-sistema que ni trabaja ni estudia y que si tuviese la oportunidad saldría a la calle a poner una bomba. Pero ahí seguimos, erre que erre usando lo mismo sin explicar lo que queremos decir. A veces nos mostramos con la bandera morada ante un colectivo reacio a escucharnos porque piensan que esa bandera simboliza a locas odia-hombres; cuando a lo mejor podríamos convencer más a ese grupo si renunciamos a las etiquetas y vamos directamente al tema.

Y para colmo, para cuando alguien se interesa, le mandamos a la mierda. Sí, a la mierda. Mucha gente ya se ha cansado tanto de la lucha que cuando le van a preguntar, dice: "Vete a leer". Y a lo mejor esa mujer que por un mínimo instante se ha parado a intentar saber sobre feminismo, no solo recibe rechazo (lo cual facilitará que se ponga en contra), sino que puede que sea una madre trabajadora que no tiene tiempo ni dinero como para comprar El segundo sexo y ponerse a leer.

En serio. ¿Estamos idiotas o qué? 

Ahora bien...

Cuando un maestro o una maestra enseña a sus niñas y niños que hay que compartir, ahí hay más de solidaridad que en todos los símbolos anarqusitas, marxistas, socialistas... juntos.

Cuando un padre lava los platos, friega el suelo y escucha activamente lo que dice su pareja femenina, ahí muestra más de feminismo que un discurso de Emma Watson en la ONU.

Cuando alguien te echa la bronca en la calle por tirar un papel al suelo y te enseña a tirarlo en el contenedor azul, ahí hay más ecologismo que en un acuerdo que puedan firmar dirigentes políticos.

Cuando alguien recoge a un animal abandonado, le cuida y lo adopta, ahí hay más de anti-especismo que en una batucada contra el maltrato animal.

Cuando un grupo de vecinos y vecinas se aúnan para evitar un desahucio, ahí hay más auto-gestión y apoyo mutuo que en un mitin de un sindicato.

Y si digo que en esos gestos hay más feminismo, anti-clasismo, animalismo, pluralidad étnica... se debe a que esos gestos cumplen con el segundo punto: la identificación.

Con un discurso lleno de símbolos y lenguajes rebuscados no se consigue tanta identificación como con unas pocas palabras o unos gestos que de verdad le llegan a la mayoría social.

Y eso es lo que tenemos que empezar a ver. 

Hubo una vez en que vi un vídeo de Pablo Iglesias haciendo este mismo análisis que estoy haciendo. En él, Pablo contaba que hubo una vez un señor calvito que le dijo al pueblo ruso: "Paz y pan". No dio materialismo dialéctico. Dijo solamente: "Paz y pan". Y la gente le entendió y pensó: "Pues va a ser que tiene razón". Y al calvo le fue bien.

Porque a veces, para que desaparezca la violencia doméstica no hay que meterle a la gente en la boca panfletos llenos de terminología que le resulta rara, sino simplemente decir "Ni una más". Y la gente no sabrá si eres feminista, si te gusta la ensalada o si te acuestas bocabajo; pero al menos se identificará contigo, porque la mayoría social va tendiendo al respeto y la igualdad, y no quiere asesinatos.

Porque a veces, para conseguir que una alumna o un alumno aprenda, no hay que soltarle todo un rollo sobre que va a echar a perder su futuro, lo importante que es aprender y bla, bla, bla, bla, sino simplemente salir de tu pedagogía del confort y hacer del proceso de aprendizaje-enseñanza algo agradable; y entonces tus discentes dirán: "Pues va a ser que tiene razón mi profe cuando dice que aprender es divertido".

Y es que con ello, pasas de  tener simplemente razón, a llevarte la razón.

Y es en ese momento, cuando la gente te entiende y se identifica con lo que dices, lo siente, lo vive, te sigue, lo promueve, lo lleva a cabo, es cuando tu lucha empieza a cobrar sentido y fuerza. Y de repente, ese enemigo o esa enemiga que estaba en su sillón riéndose mientras se tomaba un té con pastas, empieza a sentir miedo.

No fue hasta hace un año que empecé a decir en este blog que soy anarquista. Y sin embargo, a la gente igualmente le gustaba las ideas pedagógicas que explicaba. Sin decir: "He aquí mi modelo de Pedagogía Libertaria", la gente me entendía y le gustaba lo que explicaba. Se decantaban por ideas anarquistas sin saberlo. Esta estrategia funcionaba y funciona. Ahora digo que soy anarquista y nadie de quienes me siguen desde el principio se echa las manos a la cabeza. Porque desde el principio eso que he dicho les ha gustado. No di materialismo dialéctico; di, sencillamente, algo con lo que la gente se identificaba: "Cambiar la escuela. No más niños y niñas en fila. No más falta de pensamiento crítico. Sí a la equidad y la libertad". Y entonces decían: "Pues va a ser que Kike tiene razón".

Si algo he aprendido gracias a cursar Pedagogía es lo que importante no está en lo que dices y haces, sino en cómo lo dices y haces; que la clave está en hacerte entender, en hacerte sentir.

Hay que adaptarse a quien nos escucha. Y mientras sigamos explicando las cosas de la misma manera a personas variadas y diferentes... os quede claro: no nos entenderán.

Una lucha es como un aula. En el aula, muchos y muchas docentes explican algo, y a quienes les entienden les dicen que son inteligentes y a quienes no les entienden les dicen que son idiotas o no quieren a prender.

Lo mismo nos ocurre en los congresos, los sindicatos, las asambleas... No explicamos para atraer; explicamos para mostrar cuánto sabemos y lo buenas, inteligentes y maravillosas personas que somos por ser anarquistas, feministas, animalistas, etcétera; y si alguien no nos da la razón, tendemos a decir que es imbécil. Parece que hemos perdido el espíritu de la lucha y nos ha inundado el ego.

Ya no vamos a una manifestación contra los recortes para luchar contra los recortes; vamos a la manifestación para alardear de que somos súper progres, que estamos contra el sistema y que vean qué guays somos.

Ya no estudiamos un Máster en Estudios de Género para aprender sobre el tema, modificar nuestros fallos y mejorar nuestro alrededor; sino que cursamos tales estudios para imponer nuestras perspectivas frente a otras feministas con la excusa de que "yo sí sé porque he leído y estudiado más que tú, así que cállate la boca y ven a mi curso o conferencia en la cual te cobraré un riñón por asistir y así tendrás tu canet de feminista".

Ya incluso se juntan un grupo de 20 chicos jóvenes antifascistas para ir darle una paliza a los primeros que encuentren dentro de una manifestación fascista para hacerles saber que aquí manda su rabo.

Cualquier cosa por tener la pegatinita de "soy más X que tú". Pero eso de acercarse, como diría el nazareno en la Biblia, a quien roba, a quien miente, a quien peca, tenderle nuestra mano, explicarle con calma y ayudarle a seguir nuestro camino... Ya eso nos parece cosa tonta.

¿Y qué queréis que os diga? Ese camino está totalmente equivocado. Justamente con quienes nos desesperan es con quienes tenemos que tener más tacto y paciencia.

Que no, que no; que la lucha obrera no se ejerce mostrando la grandilocuencia delante de gente de izquierdas, sino cuando se consigue que obreros y obreras dejen de apoyar al sistema capitalista. Que no, que no; que la lucha contra la prostitución no se hace en un congreso al que asisten solo abolicionistas donde todas y todos te dan la razón, sino cuando se consigue que regulacionistas se pongan de tu lado abolicionista, cuando consigues que la sociedad señale al putero y no a la prostituta, cuando consigues que los varones rehúsen de esclavizar y explotar mujeres. Que no, que no; que la docencia no se ejerce cuando aprende quien se interesa por aprender sino cuando consigues que aprenda quien menos quiere.

Sé que algunas personas lo van a tener más fácil que otras. Una persona rica que quiera promover ideas anti-capitalistas, tendrá más paciencia que la pobre, pues la rica no está padeciendo el problema.

Pero hay que echar valor y sacar de nuestro interior la vena pedagógica. La vena violenta se puede mantener, sí, pero solo con nuestro enemigo, con nuestra enemiga. Pero con quienes deberían formar parte de nuestro bando aliado pero no pertenecen porque no nos entienden, con esa gente, sí, alma pedagógica es lo que hace falta.

Si no nos comprenden, nuestra lucha será en vano; y podremos gritar todo lo alto que queramos, pero llegará un día, si seguimos por ese camino, en el que moriremos y escribirán en nuestra tumba un epitafio que rece: "Murió teniendo razón... aunque nadie lo supo".

lunes, 3 de octubre de 2016

Gracias, Amarna Miller.

Hola, Amarna Miller. Como varón, quiero darte las gracias, y no por una única cosa, sino por varias. Verás, te cuento...

Gracias, Amarna, por enseñarme que soy un auténtico macho alfa y que la masculinidad tóxica, esa que me ayuda a perpetuar mis privilegios de varón en una sociedad patriarcal, es correcta y legítima.

Gracias, Amarna, por darme la oportunidad de violar libremente; porque gracias a ti se me refuerza la idea de que un no es un sí; y un sí sacado a la fuerza, también. Porque, al igual que nadie quiere levantarse a las 6 de la mañana para ir a limpiarle la taza del váter al dueño o la dueña de otra casa, sino que eso es algo que se hace por necesidad económica, por la presión de tener que buscarse el pan en este mundo capitalista, nadie quiere ir a acostarse con cientos de penes que ni desean durante toda su vida simplemente porque es lo que toca.

Ya lo escribió Kropotkin en La conquista del pan:

"Clamamos contra el barón feudal que no permitía al cultivador tocar la tierra, a menos de entregarle el cuarto de la cosecha. Llamamos bárbaros a esos tiempos. Y ahora el trabajador, con el nombre de libre contratación, acepta obligaciones feudales, porque no encuentra condiciones más aceptables en ninguna parte. Como todo tiene dueño, tiene que ceder o morirse de hambre".

Este pequeño párrafo del anarquista, relacionándolo con la prostitución y la pornografía, podría venir a decir algo así:

"Clamamos contra el varón patriarcal que no permitía a la mujer tocar los ingresos que llegaban a casa, a menos que ésta le entregase su amor, sexo y servicios domésticos. Llamamos bárbaros a esos machistas y a esos tiempos. Y ahora la mujer pobre, con el nombre de libre acuerdo en prostitución, acepta antiguas obligaciones maritales, porque no encuentra condiciones más aceptables en ninguna parte. Como ella carece de poder adquisitivo, tiene que ceder o morirse de hambre".

Gracias, Amarna, por contribuir a legitimar la pornografía y la prostitución; de verdad, muchas gracias; pues gracias a tu labor puedo mantener mis privilegios de hombre en una sociedad patriarcal. A través de tu trabajo puedo seguir siendo el patrón de las mujeres. Sí, soy obrero, estoy explotado dentro del sistema capitalista... pero gracias a ti al menos puedo aliviar mi malestar, mi cansancio... controlando, poseyendo, dominando, golpeando, humillando... a una mujer. Sí, gracias a tu lucha puedo desfogar mis tensiones, mi rencor, mi odio, en una mujer, sentirme si me acuesto con una prostituta un auténtico burgués; hacer de una mujer la proletaria del proletario.

Gracias, Amarna, también, por permitirme tener sexo siempre y cuando yo y solamente yo quiera, y como yo desee; sin tener que preocuparme si ella quiere o no realmente liarse conmigo. Al fin y al cabo, yo pago, yo mando. Soy cliente, no alguien que comete una violación consentida bajo la extorsión económica, y el cliente siempre tiene la razón... 

Gracias, Amarna, por luchar para que mi jefe pueda desfogar su deseo sexual en el cuerpo de una pobretona necesitada económicamente y sin el empoderamiento suficiente como para poder decir "Contigo, no", porque su mujer, la rica feminista liberada gracias al feminismo liberal que solo mira por su propio ombligo, sí tuvo el derecho a decir "Hoy no me apetece, cariño". 

Gracias, Amarna, por fomentar un modelo feminista que destruye desde dentro a las mujeres y consecuentemente también al feminismo. Así no tendré que esforzarme en conservar mis privilegios, insultando a las mujeres en general y a las feministas en particular a través de las redes sociales, amenazándolas... Ya de eso te encargas tú y con muchísima mayor eficacia.

Gracias, Amarna, por mostrarnos la eficacia del sistema capitalista. Nos refuerzas la idea de que son las mujeres, las de abajo, las que tienen que tomar el control de la prostitución y la pornografía, convirtiéndose en burguesas que explotan y arruinan la vida de otras mujeres más pobres y necesitadas; además de reforzarnos la idea de que una persona que empieza desde abajo, siendo simplemente una trabajadora, puede llegar a ser la dueña de cuerpos y voluntades.

Gracias, Amarna, por decirnos la burda mentira de que el panadero no vende sus manos, ni el oficinista su mente. Ya bastante se habló desde el anarquismo, el marxismo... cómo la patronal compra la fuerza de trabajo, el cuerpo y la voluntad de la obrera y el obrero; pero gracias a ti, esa perspectiva quedará enterrada; diremos que todas y todos trabajamos libremente, por deseo y decisión propia; que nadie compra nuestro cuerpo y nuestra voluntad para hacer lo que no queremos hacer... y así podremos seguir teniendo la oportunidad de enriquecernos a costa de esfuerzo y el sufrimiento ajeno.

Gracias, Amarna, por permitirme follar creyendo la mentira de que a ella, a la prostituta, le gusta y que además es libre, aunque la esté destrozando por dentro, aunque esté cansada y no tenga ganas pero se deja violar una vez más para poder ganar algo más de dinero, aunque no le guste lo más mínimo y mi trato hacia ella sea el más pésimo y repugnante.

Por todo esto, sinceramente, muchísimas gracias, Amarna Miller.
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